En una sala de juzgado silenciosa, frente a jurados de ojos muy abiertos, la fiscalía expuso el miércoles los detalles de la muerte de Ana María Ángel, y sonaron tan terribles ahora como hace una década.
Cinco hombres de Orlando, que rondaban por South Beach, la secuestraron a ella y a su novio mientras estos regresaban de un paseo de medianoche por la arena en abril del 2002. Dentro del camión, los hombres les robaron y luego violaron a la estudiante de 18 años de South Miami High.
Tras cortar la garganta de su novio y dejarlo por muerto, dijo el miércoles la fiscal Laura Adams en un poderoso y lacerante discurso de apertura, el acusado de asesinato Joel Lebrón sacó a Ángel al costado de la Interestatal 95 en Palm Beach.
Mientras ella caía de rodillas, unía las manos y rogaba que no la mataran, Lebrón alzó el revolver, cargado con una sola bala. Clic. Nada. Un segundo clic. Nada.
Ana María suplica: No me mates. La súplica no es escuchada, dijo Adams.
El tercer disparo acabó con la vida de Ángel en un caso que, por su extrema brutalidad, dejó estupefactos a todos en el sur de la Florida.
Esta vez él consiguió lo que quería: poner una bala en la parte trasera de la cabeza de la muchacha, dijo Adams al jurado.
El juicio de Lebrón por cargos de asesinato de primer grado, asalto sexual y una lista de delitos de mayor cuantía tiene lugar tras una década de forcejeos legales.
El abogado defensor de Lebrón, Jeffrey Fink, no disputó que su cliente hubiera estado involucrado en el caso, pero sugirió que él solamente se había sumado a un viaje organizado por otro acusado, un narcotraficante. Nada más les pedimos que escuchen con cuidado y mantengan sus mentes abiertas, dijo Fink a los jurados.
Hasta el momento han sido convictos Cesar Mena, Víctor Caraballo y el sobrino de Lebrón, Jesús Román. Mena y Román están cumpliendo cadena perpetua.
El hermano de Víctor, Héctor Caraballo, está esperando juicio.
En el 2010, el Tribunal Supremo de la Florida ratificó la culpabilidad de Víctor Caraballo, pero derogó su sentencia de muerte, diciendo que se había permitido testificar de manera errónea a un experto en salud mental. El está esperando una nueva sentencia, en la que podría ser condenado a muerte nuevamente.
El caso de Lebrón fue también demorado en parte porque el juez de circuito de Miami-Dade William Thomas desechó su confesión en agosto del 2006, diciendo que la policía no le había informado debidamente de sus derechos de Miranda. Un tribunal de apelación revocó luego esa decisión, y se permitirá usar los detalles de su confesión como evidencia.
Los jurados, no obstante, no escucharán por sí mismos las palabras de Lebrón. Cuando la policía interrogó a Lebrón, un detective ajustó la grabadora de forma equivocada y esta no grabó. Los investigadores que estuvieron presentes contarán su conversación con Lebrón.
Los discursos de apertura del miércoles fueron dominados por una foto ampliada de la secundaria de Ángel, una popular adolescente de South Miami que iba a graduarse pocas semanas después de que la asesinaran.
En la noche del 27 de abril del 2002, Ángel había salido con su novio, Nelson Portobanco, de 17 años, para celebrar su aniversario de cuatro meses de noviazgo.
Yo le di permiso para salir porque ella había estudiado mucho y estaba cansada, dijo su madre, Margarita Osorio, a la fiscal Christine Zahralban durante su testimonio. Le planché la ropa para que pudiera salir. La ayudé a maquillarse.
Osorio no volvió a verla viva.
La pareja cenó en Los Ranchos en el Bayside Marketplace. Luego se fueron a South Beach, donde se estacionaron, salieron a caminar y se sentaron en la arena detrás del club nocturno Nikki Beach.
Cuando la noche empezó a enfriar, Ángel y Portobanco regresaban a pie cuando un hombre armado y enmascarado salió de los arbustos y los obligó a meterse en un Ford F-150 blanco.
El camión se fue. Dentro, los hombres robaron el bolso y el teléfono celular de Ángel y la billetera de Portobanco. Ellos se detuvieron junto a un cajero automático y la obligaron a sacar dinero.
Entonces empezó el verdadero horror, dijo Adams a los jurados.
De ser hallado culpable, Lebrón enfrenta la pena capital.






























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