Me tocó en suerte hacer mi carrera universitaria en un curso para trabajadores, o sea nocturno, donde afamadas estrellas de la televisión cubana fueran conminadas a obtener un diploma de nivel superior luego de estar consagradas en su oficio, so pena de perder el vínculo laboral.
La legendaria directora Cuqui Ponce de León ya peinaba canas, y junto a Maritza Rosales, Gina Cabrera y Nilda Collado, entre otras sobrevivientes de un mundo glamoroso que había desparecido con la rudeza guerrillera, hacían del aula un inusual escenario.
Claro que Gina Cabrera y Maritza Rosales acaparaban los palmares por estar siempre ensimismadas en personajes que parecían levitar sobre la incomprensible rusticidad del materialismo dialéctico. Enfatizaban sus intervenciones para el resto del alumnado como si todo fuera “puro teatro” y por supuesto que no hablaban como ninguno de nosotros, comunes mortales, la dicción era poco menos que perfecta.
Muchas veces fui testigo de cómo jóvenes militantes, que ya cometían tropelías con el lenguaje de la retórica revolucionaria, se mofaban de la excelsa Cabrera por su modo de hablar. “Aristócrata”, “burguesa”, “loca”, “engreída”, fueron algunos de los epítetos que le endilgaron.
Lo cierto es que la actriz asistía disciplinada a sus clases, siguiendo los dictados del Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT) y daba lástima verla llegar, luego de actuar en un capítulo del programa Aventuras, todavía medio disfrazada, con dos o tres croquetas envueltas en la copia del guión que acababa de interpretar para paliar el hambre durante el receso.
Eso sí, tanto ella como las demás divas que estudiaban la Licenciatura en Historia del Arte, por entonces, hacían lo indecible por mantener la dignidad y el caché que el régimen insistía en secuestrarles.
Traigo la anécdota a colación porque si hay algo que se ha estropeado con el paso de los años en la estrafalaria Cuba de los Castro, es el ejercicio del idioma heredado de la madre patria. Y no se trata del lenguaje carcelario recopilado prolijamente por el lingüista Carlos Paz, sino del que practican, por ejemplo, actores jóvenes, como los que aparecen en el teleplay Teorema, prohibido por la televisión cubana, dado el panorama de violencia social que retrata, donde no pocos de los diálogos resultan ininteligibles, no por su contenido sino por la fonética que ponen en práctica al parecer tomada de la vida real.
Ahora mismo una publicación electrónica oficial acaba de poner sobre el tapete, otra vez, la vulgarización de la expresión idiomática cubana. Se habla de nuevos términos como “ladrillo”, para referirse a un auto Lada, “tremenda andina” para decir que alguien está en dificultades y “gavete” sinónimo de casa, entre otros dislates. La Dra. Nuria Gregori Torada, directora del Instituto de Literatura y Lingüística, comenta, con cierta cautela, que no todos los términos son vulgares aunque se trata de una problemática estrechamente vinculada con “la cultura y la educación”.
Consultado para esta columna el lingüista Carlos Paz, quien ahora dirige la sucursal de Hialeah del programa REVEST (Refugee/Entrant Vocational Education Services and Training), del Miami Dade College, ha resumido el asunto en una frase lapidaria:
“Empobrecimiento lingüístico del hablante. Aunque la Dra. Gregori se esfuerce en afirmar que somos un pueblo culto y tenemos que demostrar lo que somos”.
“La pérdida de muchos valores básicos –termina diciendo Paz– ha hecho que ciertos grupos, entre los que predominan los jóvenes, recurran a un lenguaje especial (así se le llama en Sociolingüística) para estar a tono con el decadente entorno social”.



























Mi Yahoo