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MIGUEL SALES FIGUEROA: España se rompe

 
 

Dos personas disfrazadas entierran simbólicamente los derechos sociales durante una protesta en la ciudad de Bilbao, en el norte de España, contra los recortes impuestos por el gobierno.
Dos personas disfrazadas entierran simbólicamente los derechos sociales durante una protesta en la ciudad de Bilbao, en el norte de España, contra los recortes impuestos por el gobierno.
RAFA RIVAS / AFP/Getty Images

En estos días, cuando la crisis económica devasta las sociedades del sur de Europa y los regionalismos/nacionalismos se soliviantan por doquier, es difícil sustraerse a la impresión de que España se resquebraja. La quiebra financiera y la institucional combinadas están generando una sinergia que confiere de nuevo a los separatistas la certidumbre de una complicidad con la historia.

Porque la dinámica centrífuga que aqueja a la Madre Patria dista mucho de ser nueva. La paulatina decadencia de los siglos XVII y XVIII culminó en la crisis dinástica de 1808 y la entronización de José Bonaparte, hechos que a su vez determinaron la insurrección popular en la Península y la posterior disolución del Imperio Español en América. Tras la restauración borbónica de 1814, España atravesó por seis decenios de revoluciones, pronunciamientos, guerras civiles y conjuras de tirios y troyanos, que la hundieron en el atraso y la pobreza. La tibia recuperación que el país experimentó a partir de 1875 no logró invertir del todo la tendencia a la desintegración.

En 1892, José Martí fundó el Partido Revolucionario Cubano con miras a preparar la guerra que habría de independizar a Cuba, la Unión Catalanista publicó las Bases de Manresa, fundamento del catalanismo político, y Sabino Arana formuló los principios del nacionalismo vasco, que al año siguiente expondría en el Juramento de Larrázabal y la revista Bizkaitarra. La coincidencia de fechas apunta a que eran manifestaciones diversas de una misma corriente soterraña que estremecía al país.

La insurrección cubana de 1895 y la posterior intervención de Estados Unidos en el conflicto precipitaron la secesión de Cuba, Puerto Rico y Filipinas. En cambio, las consecuencias de la Guerra Civil de 1936-1939 frenaron la dinámica independentista de Cataluña y el País Vasco, que sólo volvió a aflorar en versión autonómica a partir de 1975. Con el ingreso de España en la OTAN y la Comunidad Europea (1986) y el rápido desarrollo que el país experimentó hacia finales de siglo, pareció por un momento que la tendencia centrífuga se había debilitado y que se consolidaba un Estado nacional descentralizado, legitimado por el respaldo mayoritario a la Constitución, el prestigio de las instituciones y el éxito económico.

La paradoja es que la OTAN y la Unión Europea, que en su momento fueron horizontes de integración y marcos de estabilidad para acabar con la excepcionalidad española, hoy proporcionan involuntariamente la garantía de que es posible un “divorcio de terciopelo”, al estilo del que en 1992 protagonizaron Eslovaquia y la República Checa. Y en este asunto de poco valen las jaculatorias de Bruselas en favor de la unidad del Reino. Si una amplia mayoría de los ciudadanos residentes en Euzkadi o en Cataluña plebiscitan la independencia, tanto Madrid como Europa tendrían que aceptarla.

La recesión y la pésima gestión del anterior gobierno socialista han reforzado a las tendencias disgregadoras. La izquierda abertzale, próxima a ETA, está a punto de ganar las elecciones en el País Vasco. Varios ayuntamientos catalanes presionan en favor de la independencia. Mientras, la deuda y el déficit siguen indomables. Pese a las drásticas medidas que ha adoptado el ejecutivo actual, desde principios de año el desempleo se mantiene por encima de los 4 millones y medio de parados y el PIB no logra crecer.

La necesidad de aplicar medidas impopulares (recortes del presupuesto o reformas del mercado laboral) confiere más atractivo a las soluciones radicales. Los jóvenes se entusiasman con las nebulosas propuestas del movimiento 15-M, los sindicatos redescubren la agitación de corte leninista y el separatismo cobra nuevos bríos. A menos que ocurra un milagro, la España que conocemos podría dejar de existir muy pronto, para dar paso a una versión posmoderna de los reinos de taifa.

Escritor cubano residente en España.

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