En estos días, me he topado con los criterios simplistas de académicos, comentaristas y diplomáticos retirados que reducen la actual erupción homicida en algunos países musulmanes a una muestra desesperante de la pésima imagen que tiene Estados Unidos en el mundo árabe.
¿La ilusa receta facultativa que proponen estos expertos para superar el odio que despierta Estados Unidos en los países árabes, el odio que desemboca en el asesinato de americanos decentes como el embajador Chris Stevens? Lanzar una sedosa campaña de relaciones públicas, una sofisticada ofensiva publicitaria con el propósito de conquistar a árabes rencorosos y desinformados.
A la vez algunos expertos abogan por una intervención humanitaria estadounidense en los países que fueron escenario de la llamada primavera árabe. Es necesario invertir recursos a fin de impedir que la primavera se convierta en un invierno nuclear.
Semejante visión del mundo opta por ignorar las sinrazones que animan el incurable odio antiamericano de millones de árabes. Estados Unidos tendría que transformarse en una suerte de califato norteamericano sometido a la sharia al islamiya para que los musulmanes en Irán y los países árabes empezaran a desarrollar una imagen favorable de este país.
Ocurre que el Islam predominante, en sus variantes sunitas y chíitas, ve a Estados Unidos como la encarnación de la malignidad. El Islam que practican la inmensa mayoría de los musulmanes en los países árabes e Irán hace hincapié en las prohibiciones coránicas y los dictados más retrógradas del derecho islámico. No acepta la separación del Estado y la Iglesia, ni la libertad de culto, ni el pluralismo de Occidente. Y los devotos más sociopáticos, por ejemplo, los integrantes de las turbas salafistas que asesinaron a diplomáticos estadounidenses en Libia, en su lucha por retornar al supuesto Islam originario no admiten concesiones a los impíos. Para ellos el vídeo descerebrado y ramplón que se burla de Mahoma, un bodrio realizado por un estafador, ex cocinero de metanfetamina promocionado por un insignificante pastor islamófobo del norte de la Florida y propagado por las redes de Internet, es una blasfemia que comete toda la sociedad estadounidense, un pecado colectivo que justifica el asesinato de los representantes del Gran Satán.
Así, en el mundo árabe un oscuro vídeo realizado por marginales dirigido contra el Profeta pesa muchísimo más que toda la ayuda que Estados Unidos le da a Egipto, a Jordania, a Pakistán, a los bosnios musulmanes. Y pesa mucho más que la asistencia militar estadounidense los enemigos de Gadafi. Sin esa ayuda, es probable que el dictador seguiría en el poder.
Es cierto que el gobierno de Libia ha condenado las barbaridades salafistas. Y también es cierto que desde la caída de Gadafi, fanáticos musulmanes (junto con milicias independientes y pandillas de delincuentes) como las que han asaltado embajadas y consulados estadounidenses, han intentando llenar el vacío de poder en una Libia sumida en el caos. Tienen la capacidad y los recursos para imponer su mando anulando la autoridad del gobierno electo.
En otros países musulmanes donde también se manifiestan miles de personas contra Estados Unidos –Sudán, Marruecos y Túnez, además de Egipto y Yemen– los manifestantes están dispuestos a creer cualquier fábula paranoide en torno a la razón de ser del vídeo grotesco titulado Inocencia de los musulmanes. Pero no se debe confundir el candor con el complejo de persecución de estos fanáticos religiosos. Algunos de ellos ya afirman que la película es obra de Israel y Estados Unidos, una operación insidiosa para desacreditar al profeta la cual forma parte de una campaña cuyo fin es “desislamizar” a los países musulmanes.
De cara a la violenta irracionalidad del extremismo musulmán, hace falta insistir en que “la mala imagen” de Estados Unidos no es el resultado de las políticas concretas de esta administración ni de administraciones anteriores. En el fondo, “la mala imagen” no se debe a la fraternal relación con Israel, ni a la guerra contra el terror, ni a la intervención en Irak y Afganistán. Es el producto de un rechazo musulmán de los valores definitorios de Occidente, un repudio agravado por la envidia, el miedo y el resentimiento. Y no es susceptible a descerebradas campañas de relaciones públicas.



























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