Javier Perianes es un pianista peligroso. Peligroso en el buen sentido, si es que cabe, de la palabra. Peligroso porque inquieta, provoca, sorprende, cautiva y convence; porque tiene algo que decir y lo dice a su manera. Y en esta era de espectacularidad homogeneizada, alegra que lo sea porque con él la procesión va por dentro, como un volcán al filo de la erupción. La suya es una voz individual que hace su camino, sin detenerse, coincidentemente, en un literal moto perpetuo.
Después de su revelador CD de la Música Callada de Federico Mompou y aún más revelador Manuel Blasco de Nebra, después del antológico CD dedicado a Manuel de Falla donde se anuncia como obvio heredero de Alicia de Larrocha; después de un Schubert de rara estirpe y arrolladora pureza, el notable pianista andaluz se atreve con un duelo beethoveniano del que sale triunfante cuando combina suprema elegancia con rotunda intensidad hasta lograr la emoción más equilibrada como carta ganadora. Perianes conoce los riesgos y se lanza al desafío que le plantea el grande de Bonn enfrentándolo con una sencillez y honestidad pasmosas y es allí donde reside su secreto con el que además, disipa comparaciones y fantasmas del pasado.
El programa se integra –y transcurre–dentro del marco del Moto Perpetuo que titula el CD, fluir incesante y movimiento perpetuo que Beethoven plasmó obsesivamente y que la grabación exhibe con óptima toma sonora y presentación, otra buena costumbre del sello HM. En él, Perianes explora cuatro sonatas que concluyen con esa hipnótica configuración musical. El onubense huye del impresionismo que le es tan afín pero se lleva con él aquella liviandad y exquisitez imprescindibles que utiliza para barnizar la noble madera beethoveniana. El resultado es admirable; es un diálogo íntimo, casi hermético, que roza el confidencial, enigmático Muss es sein? (¿Debe ser?) que Beethoven pregunta en su C uarteto de cuerdas en fa mayor.
A la sonoridad recia y sobria como la de los pianistas germánicos de antaño a los que obviamente venera, Perianes añade una luminosidad mediterránea que le otorga una nueva dimensión, otra hondura y un dejo de esperanza en las instancias más líricas de la Sonata 12 en la bemol mayor; en el arco desolado de la inmensa Marcha Fúnebre que parece levantar reconfortante vuelo elegíaco. Ese despegue tan dramático como poético se repite en cada sonata, en cada último movimiento para hacer honor al irrefrenable Elan vital, manantial esencial de la vida misma.
Como diafanidad y redondez son virtudes innatas del joven español –por otra parte puestas de manifiesto en su debut en Miami Beach cuando inauguró la pasada temporada con Michael Tilson Thomas y la New World Symphony– recurre a esa inmaculada nitidez para dibujar una sonata Tempestad de claroscuros alucinantes donde conjura imágenes abismales pero también consoladoras.
Y como Perianes también “canta”, su particular Beethoven adquiere el cariz liederista de su vecino Schubert; y en esa caminata vienesa, con el respeto y deslumbre del visitante en tierras extrañas, evoca no solo el soleado canto de la mejor Régine Crespin en Wagner o Janet Baker en Mahler sino también e inevitablemente a otro moto perpetuo, más devastado y obsesivo, el de la canción Margarita en la rueca.
Afortunadamente, es también en los silencios, pausas, acentos y entrelíneas donde ese moto perpetuo parecería querer detenerse en una reflexión que pide por descanso pero que debe regresar a su urgencia inexorable: la del moto perpetuo que entrega este novel, ya perpetuo Javier Perianes ( BEETHOVEN, Moto Perpetuo, Sonatas 12, 17, 22 y 27.Harmonia Mundi HMC 902138) •



























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