Cierto día en Cuba fui a casa de unos parientes y me enseñaron, como si se tratara de un secreto militar, la habitación que habían acondicionado como una incubadora donde decenas de huevos esperaban ser empollados por el calor de numerosas bombillas incandescentes. Después supe que unas pocas aves lograron nacer de aquel desventurado episodio y las otras enfermaron de moquillo al crecer y murieron antes de ser carne para las austeras mesas de la isla.
Como escapé de allí hace veinte años, en mi casa les gusta hacer mofa de lo que no “disfruté” en términos culinarios durante el llamado período especial como aquello de la masa cárnica, la pasta de oca y las hamburguesas bautizadas como McCastros por el humor criollo, de una materia grisácea, ciertamente irreconocible, según sacrificados degustadores.
Mi suegro me ha confiado que por aquellos días eran los Comités de Defensa de la Revolución, ahora revitalizados por un jerarca geriátrico del régimen, los encargados de distribuir turnos para que los cederistas destacados pudieran comprar, de modo priorizado, las susodichas hamburguesas.
Entre todas las contingencias económicas de la ineficacia de la dictadura cubana siguen siendo el desayuno, el almuerzo y la comida, las ausencias más perturbadoras. Hubo un tiempo, sobre todo cuando la Unión Soviética aportaba su última manutención al infante descarriado del Caribe, que se produjo una suerte de espejismo: la precariedad cedía a la llegada de nuevos alimentos: “jamón de agua”, yogurt de búfala, conservas más sofisticadas del hermano campo socialista y hasta cajitas de pescado congelado dispensadas en tiendas de color azul importadas de Argentina.
Estos productos nacionales y otros de allende el mar, ya desaparecidos, conjugaban con quincenas o meses, muy separados en el tiempo, de col, papa o plátanos “microjet”. La carne de res era apenas un recuerdo y al pollo, enjuto, de largas patas, repartido en pequeñas porciones por la libreta de racionamiento, el pueblo lo llamó Alicia Alonso por su parecido con las piernas de la eximia.
Hace unos días pude ver el revelador documental Soy libre de la directora alemana Andrea Roggon donde, entre otros testimonios, incluye el de un hombre que se refiere al impacto que le causó escuchar decir a Fidel Castro, en una de sus tantas entrevistas con la prensa extranjera, que le gustaba preparar la langosta a la mantequilla, tomando en cuenta que el crustáceo era un manjar tan escaso y politizado en Cuba que su sola tenencia podía llevarte a la cárcel.
Poco ha cambiado en la isla de tropelías donde las falsas promesas de reformas son más importantes que liberar las fuerzas productivas para que la agricultura no se reduzca al cultivo de la moringa y a la labor de una biofábrica de Villa Clara donde se han engendrado 400,000 vitroplantas de viandas, entre las cuales figuran el plátano enano guantanamero y el Censa tres cuartos, la malanga morada, la amarilla y la blanca, además del ñame. Todos de menor tamaño para lidiar con los vientos y resistentes a las plagas.
En la foto que acompaña la información, aparecida en la prensa cubana, una científica prepara los tubos de laboratorio donde se procrean las plantas minúsculas de viandas que serán vendidas a agricultores profesionales y aficionados en otra ofuscada aventura del castrismo que recuerda aquellas de las vacas enanas para garantizar la leche en la casa, el café caturra sembrado en explanadas bajo el sol o la tilapia viva distribuida por familia para criar en la bañera.


























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