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Miami, la ciudad que se niega al desarraigo

 

Especial para El Nuevo Herald

No es posible hacerlo. Pero quién dijo que los humanos hacíamos o dejábamos de hacer porque algo fuera o no realizable. ¿No es acaso el deseo lo que nos domina? Muy en el fondo, movidos por fuerzas espirituales e inconscientes, está esculpido nuestro norte. Y cuando sale a la luz, toma forma objetiva, se convierte en querencias específicas, de cosas, de gentes, de situaciones, de lugares, de estatus.

Extrañar no es cosa fácil. Pero es lo que define a la totalidad de los habitantes del planeta que un día sale de su terruño. Por amor, por dinero, por progresar, por libertades, por reencontrar a sus familiares, para crecer, para aventurar, para vivir. Todos fueron a buscar algo. Y todos encontraron -también- el desarraigo. Ese agujero que los que vivimos fuera de nuestro país sentimos dentro, permanentemente, sin que logremos hacerlo desaparecer, como si fuera una visa especial, o el pasaporte de una nueva especie humana.

Y ¿cómo combatir el desarraigo? No es fácil. Me arriesgaría a afirmar que es imposible. Hay quien se pasa la vida entera anhelando su regreso, y si regresa, anhela entonces el lugar en el que estuvo, pues se acostumbró a pertenecer sin notarlo.

Pero saberlo no mejora el enfermo. Todos vivimos en el intento. Tratar de doblegar el sentimiento de melancolía que habita nuestros días pasa por identificar actividades, comidas, personas, amores y noticias. Y albergarlos, comerlos, comunicarnos, enterarnos. De todas formas, como la nostalgia no es un sentimiento objetivable, siempre sobrevive.

Cerca del 70 por ciento de los habitantes de Miami nacimos en un lugar que no fue Estados Unidos. Es una cifra abrumadora. Para los sociólogos, pero también para los comerciantes, quienes tienen un mercado cautivo para comerciar con lo que, en rigor, todo emigrante necesita.

Pululan las tarjetas telefónicas para hacer llamadas económicas a tu país. Es un ámbito en el que los proveedores se especializan. La tarjeta buena para llamar a Venezuela no es la misma que usan los argentinos. Y si los mexicanos usan las tarjeta que en realidad siempre se usa para llamar a Perú, ocurre una extraña irregularidad: desaparecen los minutos disponibles.

Los que son de estar actualizados, buscan la manera de informarse. Escuchan Caracol, Unión Radio o Mambí en la AM. Los más desesperados andan cazando la señal que llega débil y a deshoras de Radio Reloj. O leen El Nuevo Herald, El Diario de Las Américas y las pequeñas publicaciones que se producen, gueto por gueto (venezolanos, argentinos, colombianos y otros tienen sus publicaciones gratuitas en los locales de toda la ciudad).

De resto, está la televisión: tanto Univision como Telemundo, pasando por GenTV, y Mega tienen noticieros y programas de opinión cada tarde y cada noche para informarnos, como quien ve desde un balcón, lo que sucede en nuestra región.

Y claro, ahora está Internet. Los periódicos locales, el boca a boca de los amigos y conocidos en las redes sociales, lo que “no se sabe” pero todo el mundo rumora en el twitter, las videoconferencias y los minidocumentales en YouTube.

Si la necesidad persiste, que es seguro, nunca está demás tomarse un licorcito autóctono. conseguir tequila, malbec, ron, pisco, coquito o aguardiente es muy fácil en Miami. Cada licor de la marca más popular o más cotizada. Y cervezas ni se diga. En Miami hay más representantes internacionales de cebada que consulados. Quilmes, Polar, Águila, Tecate, Medalla, Paceña, Cristal, Presidente o Imperial. En Miami se consiguen cervezas de todos los continentes, como si de un Miss Universo se tratara, con más facilidad que en cualquier destino al que haya visitado.

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