Opinión

ALEJANDRO ARMENGOL: Raúl Castro y los médicos cubanos

 

Si una clase profesional ha sido hostigada en Cuba a partir de 1959 es la de los médicos. Estos han tenido que sufrir las órdenes y hasta los caprichos de un poder que siempre los ha considerado uno de sus recursos más valiosos.

Ahora, sin embargo, esta situación podría estar cambiando. Al parecer un grupo de cirujanos del Hospital Calixto García ha mandado una carta al gobernante cubano en que presenta una serie de quejas válidas. El documento circula en internet y ha llamado la atención no sólo por su carácter de denuncia, sino por el hecho de que se une a una serie de protestas que dentro de la isla, en algunos casos por las vías establecidas por el mismo gobierno y sin manifestar una posición política o siquiera ideológica opuesta al régimen, han comenzado a manifestarse en Cuba. Este fenómeno, no imaginado hace apenas unos años, empieza a definir una situación en que la población deja a un lado la apatía y trata de dar a conocer sus puntos de vista, sin pretender constituirse en disidencia u oposición, salvo por el hecho de no claudicar ante el dictado de una obediencia sin frontera, una paciencia sin límites y una confianza más allá de toda duda hacia los gobernantes cubanos.

En una de sus partes, dice el documento de los médicos:

“Cuando los gobiernos, con sus leyes, decretos, circulares especiales, y sus decisiones y disposiciones, van comprometiendo el futuro, ¿hasta cuándo vamos a agradecerle a la generación del centenario por haber cumplido con su deber y su obligación de liberar a Cuba, mientras nuestra generación espera para cumplir con su deber de desarrollar y darles a nuestra familia, a nuestros hijos, a nuestros hermanos cubanos la vida que se merecen, mientras las destructoras huellas de la corrupción transitan con libertinaje singular para cada lado de la sociedad al que se pueda dirigir la mirada?”.

El párrafo resulta de singular importancia para entender lo que ocurre en Cuba y los fines adecuados, acordes con una estrategia de cambio y no fundamentados en ilusiones desde Miami, en que deben plantearse los reclamos en la isla.

Cuando junto a tres comandantes de la revolución Raúl Castro pasó revista a las tropas del desfile del 2 de diciembre del 2006 –en uno de los actos políticos más importantes del año en que Fidel Castro se vio obligado a ceder el poder– ofreció a Cuba y al mundo la única prueba de legitimidad que consideró necesaria para asumir el mando.

No hizo más que repetir un gesto y un principio desarrollado muchos años antes por el dictador español Francisco Franco, que utilizó igual recurso para mantener su dictadura durante largo tiempo: su victoria en la guerra civil le garantizaba la autarquía.

Sin embargo, con el caudillo español en pleno dominio del mando, fue necesario superar la etapa de la “legitimidad de origen” para dar paso a la “legitimidad de ejercicio”, marcada por la promesa de una prosperidad alcanzada mediante la inversión extranjera y una liberalización económica que pretendió prescindir de sus equivalentes políticos, sociales y culturales.

Por un momento se pensó que las tan anunciadas reformas de Raúl iban a conducir si no a una vía similar a la española, al menos a un remedo de cambio económico y una esperanza de futuro. La realidad ha sido, en lo esencial, la continuación de un inmovilismo sin fin. No es que todo siga igual. Es que todo avanza hacia atrás. El régimen castrista de Raúl sigue recurriendo a la “legitimidad de origen” del régimen castrista de Fidel.

Mientras tanto, el deterioro en el país continúa. En una serie de puntos muy precisos, los cirujanos del Calixto García describen no solo el deterioro de las instalaciones y equipos del centro hospitalario, sino también humano, de los especialistas que trabajan allí:

“Solo a este panorama deprimente necesitamos sumarles las condiciones de confort que tienen los médicos y el personal en general, donde empezando por un salario que no le alcanza para vivir a él y a su familia, una atención degradante en los servicios de trabajo y guardia, que incluyen la ausencia de un lugar para descansar en las largas jornadas quirúrgicas o de trabajo, los varios kilómetros caminados en el recorrido entre salas, bajo el polvo, el sol y muchas veces la lluvia, la pésima calidad y suficiencia de la alimentación, la falta de un lugar decente donde practicar sus necesidades fisiológicas, y duchas para refrescar en el intenso calor o su limpieza ante una intervención contaminante, casi obligan, cuando se convierten en permanentes, a cambiar mentalidades”, agrega el documento.

Los cirujanos del Calixto García han dado un paso que es muy probable sea imitado por otros sectores.

Ya no están dispuestos a seguir esperando callados.

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El Nuevo Herald

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