Hace unos días la historiadora Karen King, de la Harvard Divinity School, dio a conocer un papiro del siglo IV traducido al copto, que posiblemente fue escrito en griego en el siglo II, en el que una sola línea ha disparado el imaginario colectivo: “Jesús les dijo: mi esposa…” Desde entonces la noticia ha circulado profusamente y viene acompañada de una encendida polémica.
No es la primera vez que se especula con la posibilidad de que Jesucristo conviviera con una mujer. Se trata, pues, de un viejo debate que divide a los investigadores exegéticos y a los propios católicos. Es verdad que el texto supuestamente se escribió un siglo después de la muerte de Jesús, pero no es menos cierto que la mayoría de sus discípulos estaban casados y al parecer tuvieron descendencia. No obstante, en el Evangelio de San Mateo se establece que el Hijo de Dios elige el celibato “por el reino de Dios”.
Pero poco importa lo que aparece en el Nuevo Testamento porque cada vez que surge la hipótesis de que Jesucristo pudo haber contraído matrimonio la imaginación de muchos se enciende. Eso explica, en gran medida, el éxito de la novela El Código Da Vinci, toda una extravaganza en la que se juega con la teoría de que el discípulo favorito, Juan, en verdad era la mujer del hijo que la Virgen María había concebido sin varón. De ser veraz la lámina que ha investigado la profesora King, es la prueba de que ya los gnósticos se preguntaban si Jesús había tenido esposa y no era, como aparece en los Evangelios, un hombre que había renunciado a la unión terrenal entre un hombre y una mujer.
Se puede poner en duda un breve texto que se escribió mucho después de la crucifixión, pero también los evangelistas escribieron sus crónicas sin haber conocido a Jesucristo y apoyados en la tradición oral. Lo cierto es que la intriga continúa hasta nuestros días y no son pocos los que han querido ver en la enigmática figura de María Magdalena a una mujer que era muy cercana a Jesús.
Si resulta fascinante comprobar el interés que ha generado un minúsculo papiro que sólo apunta a una remota posibilidad, aún más extraordinario es ser testigos de las disquisiciones que este hallazgo provoca entre historiadores y teólogos, en su afán por reconstruir fielmente una existencia que ya de por sí simboliza el más inexplicable de los misterios: el hijo que Dios envía a la Tierra para perdonar al hombre de sus pecados.
Creyentes y agnósticos difieren en lo relativo a la naturaleza divina de Jesucristo, pero todos coinciden en el interés que despierta cualquier detalle, por mínimo que éste sea, que arroje luz en torno a su vida. “Jesús les dijo: mi esposa…” Y el hijo de Dios se hizo hombre.
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