Opinión

DANILO ARBILLA: ¿Informar o no informar?

 
 

El príncipe británico Guillermo y su esposa, Catalina, bailan en una fiesta tradicional en Tuvalu, un día después de la publicación en una revista francesa de fotos de la princes tomando el sol topless.
El príncipe británico Guillermo y su esposa, Catalina, bailan en una fiesta tradicional en Tuvalu, un día después de la publicación en una revista francesa de fotos de la princes tomando el sol topless.
TONY PRCEVICH / AFP/Getty Images

Las fotos en topless de la princesa Catalina Middleton, otra vez, como tantas, reavivó la vieja pulseada entre el derecho a la privacidad y el derecho a informar y a ser informado.

Por un extremo están los que para justificar su adversión y sus ataques a la libertad de expresión buscan cualquier tipo de excusas y hay que reconocer que la de los pechos descubiertos de la Duquesa de Cambridge, esposa de Guillermo, nieto de la reina Isabel, es excelente. Por el otro esta el argumento de los “todistas”: “yo soy periodista y tengo que o tengo derecho a informar todo”, o aun peor: “informo todo lo que quiero”, o el de “yo soy ciudadano y tengo derecho a saber todo” (¿incluso a ver todo lo que aparece libre de sostenes y coberturas?).

La privacidad es un derecho, así como lo es el derecho a buscar información, a informar y a ser informado.

Nadie tiene derecho a meterse en los asuntos privados de los ciudadanos, pero la privacidad de las personas públicas está más acotada. Veamos.

Cuando un ciudadano se postula a cargos públicos, sabe que cambia su estado y ya a partir de su postulación. La propuesta es: elíjanme pero, por supuesto, sepan quién soy, y en esto ya no cabe aquello de “no se metan en mis asuntos privados” o “en estos sí y en estos no”. Y esta limitación a la privacidad del candidato es mayor cuando pasa a ser funcionario público. El elegido o designado como tal pasa a gozar de una serie de privilegios pero como contrapartida se somete al escrutinio público. Y esto rige para todos los funcionarios del estado y para aquellos que tienen asuntos de interés ( negocios, contratos) con el Estado y con funcionarios. Lo que están en juego es el uso y administración de bienes y dinero que son de los ciudadanos y estos tienen pleno derecho a controlar, vigilar e informarse de cómo se manejan sus asuntos.

Hay además otra categoría de personas públicas que son aquellas que son notorias por su propia voluntad. Son las que buscan “ser noticia” y que lo hacen porque les conviene (si no, no lo harían). También éstas tienen acotada su privacidad. La popularidad es buen negocio, pero tiene su costo: se pasa a ser personas de dominio público, que por su propia voluntad han sacrificado en mucho su poder de decidir lo que se publica sobre ellas.

Y volviendo a Catalina, se trata de una persona pública, por donde se la mire. Es funcionaria pública –es duquesa, princesa y puede ser reina y cuenta con una cantidad de privilegios que no tienen el resto de sus conciudadanos– y como tal ha asumido una serie de obligaciones, además de los privilegios. Cuando se casó con Guillermo sabía todo eso.

Las personas públicas deben ser cuidadosas, deben ser prudentes. Si Catalina y su entorno consideran que es normal tomar el sol con el busto al desnudo en una terraza (por muy lejos que esta esté ubicada) sola o acompañada por su esposo o ante la presencia de otras personas (amigos, personal de servicio) no deberían haberse enojado por estas fotografías (nada degradantes por cierto) que se suman a las miles que le sacan y publican de ella a las que se expone voluntariamente. ( La popularidad es una ayuda importante que facilita llegar a reina; los esfuerzos de Letizia de España están a la vista).

Ahora, si Catalina considera que no está bien que la futura reina aparezca en topless, nunca debió sacarse el sostén en un lugar tan expuesto. Fue una imprudencia. Y en este supuesto, entonces, las fotografías y su publicación cumplen una indiscutible función de hacer saber a los ingleses sobre la inexperiencia, torpeza, frivolidad o como se le quiera llamar, de quien habrá de reinar por sobre ellos, con los riesgos que ello implica. Quizás sea la prensa inglesa la que está en falta por autocensurarse y no publicar las tan mentadas fotos de los pechos de Catalina.

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El Nuevo Herald

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