Por una misteriosa razón, unos aristócratas no pueden salir de la habitación de una mansión donde han sido invitados a cenar. Pasan las horas y los días y en la medida en que el agua y los alimentos merman y el hacinamiento se hace intolerable, los encopetados burgueses comienzan a desprenderse de sus refinadas posturas y terminan conduciéndose como salvajes. Seguramente muchos reconocerán el argumento del filme El ángel exterminador que basa su título en el ángel desalmado del Apocalipsis y recordarán la asombrosa originalidad de su realizador, Luis Buñuel.
Buñuel fue grande entre los grandes directores de cine que engendró el siglo XX. Nació en 1900 en Calanda, pueblo de la provincia de Teruel, Aragón, que según él decía todavía estaba en la Edad Media. Este escenario profundamente católico y moralizante, lo llevó a cuestionar desde temprano los dogmas y a dudar de esa religión que hablaba del infierno, el diablo y el Juicio Final. Tema que llegaría a ser una constante de reflexión y sátira en su obra.
De Madrid a París, Los Ángeles, Nueva York y México donde se nacionalizó, pasó su intensa vida creativa el cineasta aragonés. En sus años jóvenes en Madrid, en la Residencia de Estudiantes, se relacionó con Salvador Dalí, Federico García Lorca, Rafael Alberti y Juan Ramón Jiménez. Motivado por las vanguardias artísticas hizo en París amistad con los surrealistas (Breton, Tzara, Ernst, Éluard) e inspirado en este movimiento cuyo espíritu nunca abandonó su obra rodó sus primeras películas: Un perro andaluz y La edad de oro, en colaboración con Dalí.
Buñuel, multifacético, se desempeñó en muchos oficios dentro del cine, como actor, productor, asistente de dirección y guionista, e incursionó en otras artes como la poesía y el teatro. Dirigió 32 películas, varias de ellas censuradas por sacrílegas o izquierdistas, a lo largo de una vida intensamente creativa. En Las Hurdes: tierra sin pan y Los olvidados expresa una preocupación social; en Viridiana, Palma de Oro en Cannes (1961) y prohibida por el franquismo y el Vaticano, regresa al tema religioso donde intervienen sus actores fetiche Silvia Pinal, Fernando Rey y Francisco Rabal.
Su trilogía: La Vía Láctea (1968), El discreto encanto de la burguesía (1972), con la que ganó un Oscar, luego de varias nominaciones y El fantasma de la libertad (1974), marca la madurez de su estilo inigualable. La muerte, el sexo, la religión, la alegoría de los sueños y las obsesiones más profundas del ser son temas recurrentes en su obra. Soy ateo, gracias a Dios, decía con punzante sentido del humor el cineasta, quien prefería el alcohol, los bares y los burdeles, a los curas y las misas. Sin embargo, esta inclinación hacia lo prohibido era puramente intelectual; una forma de rebeldía hacia la represión que gobernó su infancia.
Sus últimos 20 años fueron marcados por la estrecha colaboración en sus libretos con el guionista Jean-Claude Carrière, junto al que, al final de su vida, escribe un libro autobiográfico: Mi último suspiro. En uno de sus pasajes, Buñuel, genio y figura, se imagina en su lecho de muerte haciendo la última de sus bromas: Sus amigos, todos ateos convencidos, lo acompañan en sus minutos finales. Entonces, escribe en sus memorias aparece un cura que él mismo ha mandado llamar. Y ante los atónitos presentes, Buñuel, el indomable, confiesa todos sus pecados, recibe la extremaunción, se vuelve al otro lado y muere.
Su verdadera muerte ocurrió en México, a los 83 años de edad, y sus cenizas regresaron a su pueblo natal, Calanda. •



























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