Juan Carlos Cremata es un talentoso cineasta y dramaturgo, que por estos días ha visto de cerca, otra vez, los instrumentos de la censura. Se trata de un artista universal que incluso ha vivido fuera de Cuba por períodos largos y luego regresa para hacer lo suyo. Entró, intempestivamente, en el cine cubano con un corto que marcó pauta: Oscuros rinocerontes enjaulados, muy a la moda (1990).
Cuando fue premiado, el tercer hombre de la nomenclatura, el siniestro Carlos Aldana, le pidió cuentas al jurado por tal distinción, lo cual me consta porque era parte de aquel tribunal. Cremata es un burlón consuetudinario y en el corto se mofaba, temprano, hasta de un discurso de Fidel Castro.
Se trata de uno de los pocos directores de cine cubano afines al teatro. Por eso llevó la estremecedora pieza Chamaco de Abel González Melo a la gran pantalla. La película pinta un panorama lúgubre de la sociedad cubana, donde priman la violencia y la desesperanza.
En el Festival Internacional de Cine de Miami, Chamaco tuvo su gran estreno internacional, algo que fue ignorado por la prensa oficial de Cuba, donde la distribución y proyección final del filme fue demorada de manera sospechosa.
Hace un par de semanas, Cremata se ha ocupado de la puesta en escena de otra obra de teatro, La hijastra, escrita por un novísimo dramaturgo, Rogelio Orizondo. La sede fue la Sala Tito Junco en el Centro Cultural Bertolt Brecht del Vedado habanero.
El escenario de La hijastra es un vertedero de basura de donde salen los personajes. Lo preside cierto cartel grande con una foto de Chávez que dice “Bienvenido a tu tierra hermano”. Se proyectan imágenes de películas porno y en medio de los desperdicios, hay un busto de José Martí. Vuelan las malas palabras y los gestos obscenos mientras un personaje se masturba y todo el conjunto viene aderezado con banderitas cubanas de papel que los personajes usan y desusan a su antojo.
Poco después de empezar las presentaciones a teatro lleno, Cremata recibió la visita de una comisión de especialistas debido al “aluvión de quejas” recibidas en el Ministerio de Cultura. Las “ofensas” fueron analizadas por cinco burócratas, dos de los cuales habían visto la obra y todo parece indicar que no pudieron tomar la decisión ni de cambiarla, algo que Cremata ha dicho que no aceptaría, ni de suspenderla.
Para el director, La hijastra es obscena, grosera, irreverente, contestataria, iconoclasta, hiperrealista y hasta lacerante “para algunas mentes un poco, o bastante conservadoras”. “Es necesaria –continúa diciendo– en tanto habla de la urgente recuperación de una espiritualidad perdida en medio de la sociedad que estamos sobreviviendo”.
Agnieska Hernández, crítica de teatro que colabora en los sitios Entretelones y Cubaescena, le ha escrito a Cremata para hacerle saber que “tanta vulgaridad, tanto barrio sucio, tanto andar sin manos, tanto comer con la boca pegada al plato, tanta orfandad, tanto humanismo de refilón para que jamás haya un atisbo de humanismo”, le habían sacado las lágrimas.
Una admiradora del teatro de Juan Carlos Cremata le hace saber, después de asistir a la función: “De la mano de la exageración teatral nos mete de cabeza en una realidad que, cotidianamente, vivimos, pero que no caemos en cuenta de que existe hasta que alguien nos la enseña de manera feroz y duele”.
En ese pulsar cotidiano entre los burdos mensajeros de la intolerancia y una zona del arte cubano que no se conforma con ignorar o aceptar el fracaso de una sociedad inmovilizada; en esa ceguera de la oficialidad que se resiste a ver el estercolero en que ha ido convertido al país, otro creador cubano y sus colaboradores han triunfado antes de que venza el plazo de cambio por el cual no pocos claman.


























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