GAINESVILLE -- En el medio de esa primera noche, Carlos Aguilar caminó por los bosques del noroeste de Gainesville en busca de su hijo mayor.
Con unos pocos amigos cercanos y miembros de la familia, un palo, una sola linterna y su incansable fe, el padre del joven Christian Aguilar buscó entre charcos, árboles y capas de hojas caídas hasta poco antes del amanecer.
El hombre gritaba desesperadamente en la noche ¡Papi! ¡Papi!
No estaba preparado para una búsqueda, sólo necesitaba salir y buscar a mi muchacho, dijo Aguilar, de 45 años, de la búsqueda que inició el viernes pasado por la noche. Tenía la esperanza de oír la voz de Christian. Incluso su llanto, porque eso significaría que estaba herido pero vivo.
Ha pasado una semana desde que Aguilar recibió una llamada telefónica anunciándole la desaparición de su hijo, un estudiante de 18 años de edad que llegó 55 días antes al campus de la Universidad de la Florida con sueños de convertirse en un ingeniero biomédico.
Ahora, Aguilar se ha convertido en el guía paterno de un movimiento para encontrar a Christian. El hombre y los miembros de su unida familia, originalmente de Cali, en el oeste de Colombia pasan los días a casi 350 millas de su hogar, cautivos de la incertidumbre por el destino de Christian. Durante los últimos días, un parque de atracciones del condado se ha convertido en el centro de mando para el caso.
Las búsquedas continúan todos los días, grupos de extraños, amigos y parientes de sitios tan lejanos como Simpsonville, en Carolina del Sur, se encuentran todos en la misión de encontrar a Christian. A pie, por auto, en el aire y montados a caballo, la policía ha encabezado equipos a lo largo de 10 millas cuadradas, en campos boscosos, estacionamientos, carreteras rurales, detrás de negocios, en callejones.
Carlos Aguilar no participa ahora, sino que se queda en el parque de atracciones para estar cerca de la policía.
Así, él y su familia se sientan bajo una tienda blanca en el terreno y esperan. Y rezan. Y esperan.
Les he pedido a los agentes si nos pueden suministrar un sacerdote que venga a vernos, dijo Aguilar, quien es católico. Y simplemente me mantengo rogándole a Dios que Christian esté bien y que no sufra de alguna forma.
Su esposa, Claudia, de 41 años, raramente habla en público sobre el caso. Se mantenía ocupada el jueves entregando volantes. Cuando se permitió tomarse un respiro y sentarse, las palabras brotaron lentamente.
Trato de ser fuerte por mi familia, murmuró antes de regresar a su tarea.
Christian Aguilar fue visto por última vez el 20 de septiembre con Pedro Bravo, un amigo cercano y ex compañero de clases de Doral Academy y quien asiste al cercano Sante Fe College. Bravo fue detenido el lunes, acusado de privar de tratamiento médico a la víctima de un crimen. El le dijo a la policía que ambos habían peleado y que dejó a Aguilar sangrando y apenas respirando. Bravo se encuentra en la Cárcel del Condado Alachua, con una fianza de $100,000.
Mientras la primera semana se convierte en la segunda, la vida de Carlos Aguilar ha caído en una deprimente rutina: noches sin descanso, seguido por búsquedas matutinas e interminables entrevistas con los medios, con horas intermedias de vacío.
Realmente no conozco las palabras para describir esta pesadilla. Es una tragedia. Una historia triste, dice mientras toma entre sus manos el rosario que le dio hace algunos días un extraño.






























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