Escribo estas reseñas cuando conozco a un autor o cuando quiero conocerlo. Y, claro está, lo hago porque quiero compartir con los lectores el hallazgo o la búsqueda. Creo que una columna de crítica literaria debe ser precedida de un momento de placer, aquel que sentimos al dar una buena noticia. Así ha sido con esta nota sobre Rosalía de Castro. Regresando de Compostela, aún bajo la impresión de haber estado en la casa donde vivió en el pueblito de Padrón decidí que debía conocerla mejor, penetrar más allá de su verde y frondoso jardín y de las vetustas paredes de su casa. Ir más allá de la foto clásica que la presenta resuelta y sufrida, marcada en los pómulos por su orgullosa etnicidad de origen gallego, o del clásico retrato de la esposa , madre de familia, y escritora de versos en una literatura menor; como toda la que se escribe en una lengua regional y desde la periferia de las grandes ciudades. Valió la pena entonces no sólo leerla más, sino también seguir el rastro del interés que ha despertado su obra tanto en la academia hispana como en la de habla inglesa.
Pero empiezo dando algunos datos generales de una vida modesta, pero singular. Nació el 24 de febrero de 1837, de origen ilegítimo, hija de un sacerdote y una mujer de familia hidalga. Rosalía, que no gozó nunca de buena salud, tuvo sin embargo una juventud regular que incluyó educación en un liceo, clases de música y francés, y luego el matrimonio con un hombre de sentada reputación, el archivero e historiador Manuel Aguirre, con quien tiene 7 hijos. Viven en varios lugares de España por el trabajo de su esposo entre ellos Madrid, donde Rosalía conoció a Bécquer y publicó su primer libro, Cantos Gallegos (1863) pero es en la natal Galicia de ambos, ya de vuelta, donde muere Rosalía, el 15 de julio de 1885. En vida pública varias novelas, entre ellas Ruinas (1866); también crónicas periodísticas, entre ellas la muy notoria Las literatas (Carta a Eduarda) de 1865; pero su aporte fundamental a las letras españolas y universales lo hace su lírica, escrita tanto en gallego como en castellano. Entre sus poemarios quizás el más citado es Follas Novas (Hojas nuevas) 1880, que fue en su momento un tipo de edición transatlántica que hoy está de moda. Dos sellos editoriales lo comparten, La Ilustración Gallega y Asturiana (Madrid) y La Propaganda Literaria (La Habana). Y es que esta edición es emblemática del fenómeno cultural y social que marcó la recepción de la obra de Rosalía, en su momento, y que no debemos pasar por alto ahora, cuando entre feministas y amantes del buen verso, se la rescata como una transgresora del canon romántico.
Antes de averiguar en que rebasa Rosalía de Castro al movimiento, digamos que la atención que dedicó el Romanticismo a la cultura popular, a los idiomas regionales y a las tradiciones locales, contribuyó a que la literatura gallega tuviera un momento de esplendor en la obra de Rosalía y la de otros contemporáneos suyos menos conocidos como Manuel Curros Enríquez, e incluso el propio esposo de Rosalía, que defendió su cultura como un tribuno. Pero no sólo a las raíces gallegas, él también defendía a su esposa de los ataques que ésta sufrió por su decisión de escribir en esa lengua y airear las costumbres peculiares de la gente de su tierra. Se cuenta que los seminaristas de Lugo, pueblo donde se publicaba El Almanaque de Galicia, unas páginas de Rosalía causaron un escándalo tal que los religiosos atacaron a pedradas el local del periódico. Rosalía había osado escribir sobre la vieja costumbre, calificada de prostitución hospitalaria, que se decía que la gente que recibía a un marino perdido podía dejar que éste pasara una noche de solaz con la mujer de la casa. Cuento la anécdota porque da color a la situación de rechazo que soportó la escritora por poseer una pluma demasiado transparente.




























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