Nuevos estudios, conferencias y libros nacen para celebrar el 500 aniversario del nacimiento de Santa Teresa de Jesús. Yo me he unido y leo o vuelvo a leer algunas de sus obras: El castillo interior o Las moradas, Libro de la vida, Camino de perfección, sus espléndidas poesías.
No basta con comentar la influencia que la mística española tiene en mí. Queda una marcada para siempre al acercarse a la vida de religiosa carmelita descalza que se les llama así desde que ella refundó y transformó el Carmelo acogiendo y formando a las hermanas en una vida distinta, nueva, llena de riesgos, carentes de títulos de nobleza y abundante dinero, pero llenas de fe sabiendo que Dios provee. Pero su grandeza no reside precisamente ahí, sino en su espiritualidad mística y en su gran obra escrita.
No, no tengo necesidad de una primera conversión, como le pasó a Edith Stein, la filósofa alemana, judía y atea, que al leer la autobiografía de la santa española se convirtió al catolicismo convencida de lo que había encontrado súbita y felizmente: “Aquí está la verdad”.
Al leer a Teresa en esta época de mi vida que cuento con el tiempo y la madurez interior, puedo saborear mejor la hondura de su ser y su fe ardiente, adentrarme en su alma como no lo había hecho antes de esta forma, cuando era estudiante universitaria. Me hace agradecer a Dios que esto haya sucedido, que suceda justo ahora, sedienta como estoy de alguien así que me ayude a vivir con fuerzas. Pero sé que fue Dios, quien conociéndome desde las entrañas y los huesos, puso estos libros en mis manos.
Hace algún tiempo que necesitaba dedicarle mucho más tiempo a libros de espiritualidad, poesía religiosa, oración de horas, además, de las lecturas bíblicas diarias que siempre realizo, porque la vida laboral, como se trabaja en este país que puede minarte sin que te des cuenta, la política, los pensamientos sobre las cosas desastrosas que en este mundo del siglo XXI vemos perplejos ante la invasión de las comunicaciones inmediatas globales en nuestro mundo, sin contar los avatares de la vida cotidiana, las relaciones, la familia, con sus alzas y bajas, me impedían alcanzar el silencio interior, el vaciarme de mí misma para el encuentro interior con la Presencia, esa de la que hablan los contemplativos, la anhelada la unión con Dios.
Sólo Dios basta, dijo con su corazón la poeta, la santa, la doctora de la Iglesia, la mística, la fundadora de conventos y la transformación del pensamiento y el sentimiento.
Cito solo una estrofa de poesía de Teresa, ésta, la más conocida de todas: Nada te turbe,/ nada te espante,/ todo se pasa,/ Dios no se muda;/ la paciencia/ todo lo alcanza;/ quien a Dios tiene/ nada le falta:/ Sólo Dios basta.


























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