Opinión

ALEJANDRO ARMENGOL: El aguacate y los Lada

 

A diferencia del dólar, el cuc es la cara más franca de la realidad cubana

Un vistoso aguacate entra por una ventana habanera para luego recorrer la televisión cubana. En el primer y breve trayecto pasa al campo contrarrevolucionario, para emerger luego con su verdadero rostro de prueba en manos de la Seguridad del Estado. El tránsito, de apariencia subrepticia, ha servido para descubrir al enemigo. Pero la acción gloriosa ha tenido un precio. Cuánto, no se sabe. Lo único que queda claro es que se ha tenido que pagar en cuc. La moneda inventada para salir de apuros, o para crearlos.

El peso cubano convertible (cuc) es el escape por la puerta trasera que el gobierno de los hermanos Castro puso a circular en 1994, para esquivar las dificultades económicas. La idea no es original sino adoptada de la Unión Soviética y, aunque existía con anterioridad, fue a partir del llamado “período especial” que comenzó a cobrar carta de ciudadanía. Despreciado a veces, objeto de burlas otras, el “chavito” tuvo que esperar a que el dólar fuera retirado de circulación, en noviembre del 2004, para empezar a tener un reconocimiento ideológico y hasta político.

A diferencia del dólar, la moneda del enemigo, el cuc es la cara más franca de la realidad cubana, o más bien de su irrealidad. Al mismo tiempo, y aunque el argumento no se esgrime lo suficiente o de tan conocido se olvida, el cuc representa la mejor justificación para que en la isla los ciudadanos exijan la salida del poder de los gobernantes actuales: Cuba es un país en que se paga con una moneda débil y se venden los artículos a precios fijados con otra mucho más fuerte.

Así que el video de la televisión cubana destinado a desacreditar a Martha Beatriz Roque y otros opositores que realizaron una huelga de hambre en fecha reciente, se sustenta en premisas bochornosas para un gobierno incapaz de garantizar la venta de un producto agrícola que nunca fue un lujo en la mesa del cubano. Producto incluso de exportación a Miami antes de enero de 1959.

Hubiera sido mejor, y por supuesto más ético, que finalmente La Habana pudiera anunciar que en el país en el cual el Estado controla aún la parte más importante de la economía, la producción agrícola nacional es capaz de suministrar los alimentos suficientes y no hay que importarlos y pagarlos con divisa. No es cuestión de embargos ni de bloqueos, y eso incluso el actual gobernante Raúl Castro lo ha expresado, sino de producir, algo para lo cual se demuestra incapaz el actual gabinete en la isla.

En este sentido, los medios oficialistas y procastristas buscan ironizar la actividad opositora, cuando la ironía mayor son precisamente estos argumentos verduleros. Tanto hablar de Martí, Marx, Engels y Lenin, para terminar recurriendo al choteo cubano.

Si para buscar desacreditar a un enemigo, los únicos argumentos que quedan son la triste envidia, que en la isla puede despertar que alguien reciba unos cien cuc del exterior, entonces el consumo ideológico que siempre ha caracterizado al sistema puesto en práctica por Fidel Castro se reduce a una búsqueda en el tacho de la basura, con el fin de sobrevivir.

Consumo ideológico y político que cada vez resulta más patético en ambos extremos del estrecho de la Florida.

La información apareció en este mismo diario. Desde Hialeah se embarcan para Cuba las piezas necesarias para mantener rodando a los viejos autos Lada en la isla. Un empresario de origen rusocubano, que desde hace seis años vive en Estados Unidos, puso en marcha el negocio, que en la actualidad está camino a extenderse.

La noticia nos pone frente a uno de los rostros más importantes de esa Cuba que se quiere llamar del futuro y ya es del presente. Al igual que ocurre cuando se muestra el fracaso de la agricultura cubana, en esta cara del éxito el embargo tampoco cuenta, y mucho menos hablar de bloqueo.

Hay además un aspecto de singular importancia: un negocio en Hialeah que depende de Cuba para su existencia. No es el único establecimiento en Miami que vive del comercio o los envíos a Cuba, pero en este caso vale la pena individualizar la venta de piezas de antiguos automóviles soviéticos para indicar un tránsito post-ideológico.

No estamos ante un “hecho solidario y revolucionario”, tampoco nos encontramos frente a una demostración de apoyo desde el exilio. Es simplemente eso que funciona más allá de los argumentos ideológicos, y que siempre impone la realidad tras la oquedad del discurso: un negocio. La esencia del capitalismo. Algo común en Miami y cada vez más en Cuba. Lo que cada vez menos pueden evitar las campañas por televisión y las llamadas “batallas ideológicas”.

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