La Habana -- El teniente coronel Juan Pablo Roque usaba su Rolex con orgullo, el único orgullo de un doble agente cubano que una vez trabajó para el FBI.
Pero ahora el hombre que una vez fue uno de los espías más ilustres de la isla, no tiene dinero. Y quiere vender su preciado reloj y su casa en La Habana.
Necesito el dinero, confesó Roque en su entrevista más extensa en más de 15 años.
Su historia ilustra la vida incierta que espera a los espías cubanos que quedan al descubierto. Pero también es un recordatorio de las extensas y exitosas actividades de espionaje de Cuba, incluso ahora, 21 años después del final de la Guerra Fría.
Roque, ex piloto de combate con una figura digna de Hollywood, nadó hasta la Basa Naval de Guantánamo en 1992, declarando su oposición a Fidel Castro.
Se convirtió en piloto de Hermanos al Rescate, un grupo dedicado a sobrevolar las aguas del Estrecho de la Florida en busca de balseros. Pero entonces asombró a todos en 1996 al regresar a Cuba un día antes que un caza MiG de Cuba abatiera a dos avionetas civiles del grupo de exiliados cubanos.
Ahora con 57 años y viviendo con su novia en un apretado apartamento de La Habana, Roque dice que lamenta que cuatro personas murieran en el incidente del 24 de febrero de 1996.
Si pudiera viajar en una máquina del tiempo, dijo, sacaría a esos muchachos de los aviones en que fueron derribados.
Los cuatro fallecidos fueron Carlos Costa, Mario de la Peña, Pablo Morales y Armando Alejandre Jr.
Maggie Khuly, hermana de Alejandre, dijo que nunca se ha hecho justicia.
Hablando a nombre de las familias, mi familia en particular, estamos esperando el día en que Roque se enfrente a un tribunal de Estados Unidos por su encausamiento pendiente, declaró Khuly, quien vive en Miami y es arquitecta.
Espía por espías
El derribo de las avionetas llevó las relaciones entre Cuba y Estados Unidos a un nuevo nivel mínimo y provocó que el entonces presidente Bill Clinton firmara la Ley Helms-Burton, que arreció las sanciones económicas contra Cuba.
Desde entonces, las relaciones entre Estados Unidos y Cuba siguen profundamente frías. El presidente Barack Obama alivió algunas restricciones de viaje a la isla tras asumir el cargo, pero ha hecho poco por aliviar la tensión. De hecho, funcionarios estadounidenses han trabajado regularmente para subvertir al régimen, gastando más de $200 millones en programas para promover la democracia en Cuba desde 1996.
Espías cubanos en Miami y La Habana observan estos esfuerzos cuidadosamente y algunas veces los frustran.
En el 2009, las autoridades cubanas arrestaron a Alan Gross, un subcontratista de Maryland que trabajaba para la Agencia para el Desarrollo Internacional de Estados Unidos y que fue arrestado mientras llevaba equipos sofisticados de comunicaciones por satélite a la isla. Las autoridades cubanas lo condenaron a 15 años de prisión en el 2011.
Por su parte, las autoridades cubanas dicen que están dispuestas a canjear a Gross por agentes cubanos arrestados en la Florida después que el FBI desarticuló la Red Avispa de espionaje en septiembre de 1998.
Cuatro de esos agentes siguen en prisiones estadounidenses. Un cuarto pasó 13 años en prisión y ahora está en libertad, pero no puede regresar a Cuba hasta que cumpla tres anos de libertad condicional en Estados Unidos.






























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