WASHINGTON -- - La crisis de los misiles de Cuba en octubre de 1962 fue una interesante partida de póker entre dos poderosos bandos. Por un lado, el estadounidense, representado por el entonces presidente John F. Kennedy, y, por el otro, el comunista, cuyos líderes eran el soviético Nikita Kruschov y el caudillo revolucionario cubano Fidel Castro.
- John Fitzgerald Kennedy (1917-1963)
El presidente estadounidense, de 45 años, había llegado al poder hacía menos de dos años cuando tuvo que enfrentar la peor crisis de la Guerra Fría. Su calamitosa gestión del episodio de Bahía de Cochinos en abril de 1961 -negó cualquier apoyo de Estados Unidos a los rebeldes anticastristas una vez desembarcados en Cuba- terminó por convencer al número uno soviético, tras una reunión dos meses más tarde en Viena, de que Kennedy no estaba a la altura de los acontecimientos.
Cuando estalló la crisis de los misiles, Kennedy tuvo que hacer equilibrios en el seno de su gabinete entre los halcones, que presionaban por la invasión de Cuba, y los partidarios de la moderación.
Sometido a un intenso estrés y aunque muy medicado durante la crisis -se sabe que tomó esteroides, cortisona y antibióticos para tratar su dolor de espalda y una vieja enfermedad venérea- logró encontrar con Jruchov una solución pacífica a la crisis.
No sobrestimó el poder de Estados Unidos y mantuvo abierta una puerta de salida a la crisis, diría el líder soviético en sus memorias.
Sus apologistas convirtieron la crisis de los misiles en su consagración. Aclamaron a Kennedy como hombre de acción, que miró a los ojos a Kruschov, pero también como un sabio.
Pocas horas antes del fin de la crisis, él mismo parecía estar convencido de ello. Esta noche debería ir al teatro, le dijo Kennedy a su hermano Robert, refiriéndose a la noche en que Abraham Lincoln fue asesinado en plena gloria cinco días después de la victoria en la Guerra Civil estadounidense. No imaginaba que él sería asesinado el 22 de noviembre de 1963 en Dallas (Texas).
- Nikita Sergueievitch Kruschov (1894-1971)
La impetuosidad del número uno de la Unión Soviética, quien no dudó en golpear el escritorio de la ONU en 1960 para protestar contra el discurso de un orador, y sus amenazas de enterrar el sistema capitalista, condujeron al mundo al borde del apocalipsis nuclear debido a su decisión de desplegar misiles nucleares en Cuba.
Aún hoy considerado en Rusia como el típico campesino (mujik), este hombre sencillo, de origen humilde, trabajador agrícola y luego minero, sabía que bajo su cara redonda y su sonrisa, había un hombre fuerte que podía pegar un puñetazo en la mesa.
Fue un hombre que también denunció los crímenes de Stalin e inició un programa de desestalinización en el congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética de 1960, aunque tampoco dudó en reprimir a sangre y fuego el levantamiento popular de 1956 en Hungría.
Su entorno admitiría más tarde que esperaba sacar ventaja de los hechos consumados tras el despliegue de los misiles en Cuba, seguro de que Kennedy no se atrevería a oponerse a ello. Kruschov no tenía un plan B para el caso de que los misiles fueran descubiertos antes de estar operativos.




























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