Cuando falleció, el diario Granma, órgano oficial del Partido Comunista de Cuba, la despachó en un obituario sucinto de manera despectiva e irrespetuosa, algo que habían hecho ya con José Lezama Lima y Virgilio Piñera y luego con otros artistas que cerraron sus ojos fuera de la patria y nunca comulgaron con la mojiganga castrista.
Desde que las nuevas tecnologías han facilitado la circulación popular de la música y los videos en diversos soportes, las generaciones recientes de cubanos no han debido esperar salir del país para saber que existe una “Guarachera de Cuba”.
A otros artistas residentes en la isla, como Pedro Luis Ferrer, por citar un ejemplo, manifestar simpatía por su don musical fue motivo de castigo y reprimenda por parte de personeros “culturales” del régimen.
El dramaturgo Alberto Pedro la incluyó como un personaje imaginario en su celebrada obra Delirio Habanero. Vale la pena aclarar que el talentoso escritor, ya fallecido, tampoco fue santo de la devoción oficialista.
Durante uno de los festivales internacionales de cine de La Habana apareció su inimitable figura hablando sobre la salsa en un documental y aseguran que los aplausos espontáneos no se hicieron esperar.
Actualmente circulan, por supuesto, de modo alternativo, casi todas sus grabaciones recientes y cuanta imagen le hayan filmado en buena parte de su exitosa carrera. Cuentan que en las fiestas de barrio se escucha junto a los demoledores reguetoneros, que hoy por hoy no tienen competencia en el mapa musical de la isla.
Cuando a compositores e intérpretes consagrados en Cuba se les pregunta por sus paradigmas la eluden acentuando la grandeza de Benny Moré. Otros se escudan en Buena Vista Social Club, lugar común que convoca el éxito de la nostalgia y un twist de contemporaneidad, con un pie en la denostada república y otro en la avasallante revolución.
Hace muy poco circuló el rumor de que varios artistas prohibidos por los medios de comunicación de la dictadura, habían recibido el beneplácito oficial para ser escuchados otra vez en la radio, luego de medio siglo de ausencia. Su nombre, por supuesto, encabezaba la lista y el “deshielo” nunca se produjo.
Cosas curiosas ocurren, sin embargo, en el enrarecido ambiente cultural de la isla donde el diario Trabajadores reseñó, favorablemente, la obra Burundanga, lío con actrices y muñecos para una Reina y una Faraona, del laureado dramaturgo Luis Enrique Valdés Duarte, nacido en 1980.
Dos actrices manipulando marionetas de Lola Flores y de Celia Cruz suben al escenario de un teatro habanero dirigidas por Rubén Darío Salazar. El comentario del periódico no da muchas pistas sobre el argumento del estreno y habla de la Guarachera de Cuba como si nada hubiera ocurrido.
En la revista electrónica On Cuba, sin embargo, aparece un texto del propio director de la pieza donde explica que la Flores debe grabar con Celia en Nueva York la emblemática canción Burundanga y requiere que le explique los recovecos verbales y argumentales de la misma. En la aventura, ambas descubrirán cuán ligada se encuentran sus vidas a las paradojas de la canción, de acuerdo a la historia que cuenta la obra.
Se trata de “un tributo, de un homenaje sentido, de evocación sincera y respetuosa”, ha puntualizado el director Salazar. Vale la pena que los artistas cubanos asuman la impostergable tarea de reverenciar a su Reina musical en espera de que el régimen deje de hacer el ridículo internacional prohibiendo un cimiento de la cultura popular de la nación que será recordada mucho después que la tiranía sea historia.


























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