Durante los últimos tres meses, he compartido desayuno, almuerzo y cena —¡incluso el ligero dulce de la medianoche!— con un hombre que murió hace medio año.
Estando en mi casa y andando por el camino; al acostarme y al levantarme; despierto y dormido; su presencia ha estado conmigo.
Tal vez por eso, aunque he permanecido aislado mientras me dedico a la titánica obra de su biografía, no me he sentido solo. En vida, él jamás se sintió solo. Pero cuando Agustín Aleido Román confesó a su padre su vocación sacerdotal a los 16 años, Rosendo puso un poco de resistencia y le advirtió que estaría condenado a la soledad.
“Recuerdo que mi padre me decía que la vida de sacerdote era una vida solitaria”, me contó Monseñor Román poco antes de morir el pasado abril. “Pero yo nunca he estado solo; siempre he vivido rodeado de gente que se preocupa por mí”.
Aunque su vocación fue temprana, fácil, sin vacilaciones, Aleido —como lo llamaban sus parientes, amigos y maestros en Cuba— no pudo inscribirse en el seminario al graduarse de bachillerato en La Habana, porque debía costear los estudios de su hermano menor, Nivaldo. Fue la única condición impuesta por sus padres antes de responder al llamado del Creador al sacerdocio eterno de Cristo, una invitación a transformar su vida en una continua ofrenda a la raza humana, su patria, la Virgen y Dios.
Al graduarse Nivaldo, ya era demasiado tarde para que los seminarios más establecidos de la isla admitieran a Aleido. En aquella época, su vocación se consideraba tardía por su edad. Entonces, fue invitado a un nuevo seminario de suma pobreza en Colón, que iba a ser fundado por el obispo de la Diócesis de Matanzas, Monseñor Alberto Martín Villaverde, con la colaboración de la Sociedad de Misiones Extranjeras del Quebec, Canadá.
Al culminar los cuatro años de Filosofía en Colón, su obispo, guía, mentor y padre espiritual, determinó que en lugar de continuar sus estudios en los seminarios San Carlos, en la capital, o San Basilio, en Santiago de Cuba, viajaría al Seminario Mayor cerca de Montreal, donde obtendría una instrucción netamente de espíritu misionero.
“¿Para qué?, preguntó el seminarista, si nunca voy a ser misionero. Quiero ser párroco en la Diócesis de Matanzas. Sólo eso”.
“Si te quedas a estudiar en Cuba, no vas a obtener una visión universal de la Iglesia”, le respondió Monseñor Martín Villaverde, un brillante visionario que llegó, a los 33 años, a ser el obispo más joven de América en su tiempo. “En Canadá harás tus estudios de Teología y Sagrada Escritura”.
Seis años más tarde, el régimen de Fidel Castro forzó despiadadamente al Padre Aleido —como lo llamaban de cariño sus fieles— a subir a un buque español junto a otros 131 sacerdotes cubanos y extranjeros con destino a un cruel destierro, extinguiendo su sueño de ser párroco de Matanzas. Al parecer, la Divina Providencia le tenía deparado otro futuro: ser misionero.
“Siempre he confiado en la providencia de Dios; Dios no abandona al hombre en ningún momento; siempre lo acompaña, lo único que el hombre debe tener es paciencia”, me explicó Monseñor Román en una de varias entrevistas que tuve el privilegio de hacerle en la casa parroquial de la Ermita de la Caridad del Cobre, donde vivía en las más frugales condiciones, como si aún fuera seminarista. “Parece que Dios tenía otro plan para mí”.




























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