“Se desplomó un edificio en construcción en el Doral, pertenece a MDC, parece que han perecido algunas personas”, me confió mi productor.
A los pocos minutos confirmamos que se trataba de un estacionamiento en construcción y que, lamentablemente, varias personas habían perecido.
Más que los daños materiales, cuyas pérdidas siempre se pueden reponer, la muerte de estos trabajadores es lo que hace que este accidente asuma la categoría de tragedia. Y cuando la tragedia golpea a MDC, nos golpea a todos, porque, aquí, en Miami, todos somos MDC.
Si algo compartimos los que hemos escogido esta ciudad como hogar, es que hemos aprendido a crecer en la adversidad y a no dejarnos vencer por las tragedias. Ninguna de nuestras instituciones ha hecho más para conformar esa visión y ayudar a trazar nuestro carácter que MDC.
Miami no era una ciudad, era un balneario, una ciudad de paso. Miami era el sitio del cual continuamente nos estábamos despidiendo. Los poderes fácticos estimulaban esa visión, nos querían como visitantes, no como residentes permanentes. La clase dirigente, conscientemente o no, alimentaba el sentido de transitoriedad.
El vacío de futuro lo iba llenando MDC mediante la incorporación de miles de estudiantes que se preparaban en sus aulas. Pero el gran salto cualitativo se da cuando el éxodo del Mariel en 1980. Entonces nadie sabía qué hacer con los miles de refugiados que empezaban a llegar a nuestras playas. MDC asumió el liderazgo y halló la solución.
Allí, en sus clases, se asimiló a decenas de miles de compatriotas que llegaron por esa vía y se les dio un plan de vida, un sentido de permanencia. Allí todos los que llegaban a esta ciudad frontera, encontraban el pórtico por donde se entraba plenamente a Estados Unidos. Aprendimos a vernos en nuestras similitudes y a sentirnos todos como parte de un destino común.
En sus aulas se planeó el crecimiento de nuestra ciudad y se crearon las bases humanas para sustentarlo. Se prepararon los arquitectos, empresarios, médicos, enfermeras, periodistas, políticos, técnicos medios, que terminaron por hacer de Miami una de la ciudades más vibrantes de Estados Unidos. Allí vimos con claridad que si queríamos triunfar como individuos, primero teníamos que triunfar como comunidad y que nuestras lealtades nacionales no excluían, al contrario, complementaban nuestro compromiso con Miami… con Estados Unidos.
En sus aulas nació el Miami de hoy, con sus defectos y virtudes, que no difieren de las del resto del país. MDC nos enseñó a todos, con la labor que estaban realizando, que la multiculturalidad no era un pecado, ni una amenaza; que el futuro de Estados Unidos era mestizo y que nadie tenía por qué temerle a esa realidad; que integración no era asimilación y que está bien que fuera así.
La hipótesis de trabajo de MDC fue revolucionaria y rápidamente duplicada en el resto de la nación. El “problema hispano” en Estados Unidos tenía solución. ¿El gran ecualizador para la integración y la plena participación, de los hispanos? La educación.
MDC empezó tratando de ayudar a una ciudad y terminó inventándola y, de paso, instituye un proyecto de nación que hoy sirve de modelo para el resto del país.
¿El gran profeta de esa visión? Eduardo Padrón, quien hoy puede decir que vio la tierra prometida. Estados Unidos es un reflejo del experimento que se inició en esta institución en la década de los 80 y que Eduardo, durante su gestión, amplió y profundizó, para terminar convenciendo de sus méritos e importancia al resto del país.
No importa donde hayas nacido, ni tu raza, ni el color de tu piel, tú también, con orgullo, hoy puedes decir, “Todos somos MDC”, porque el College marcó la diferencia a favor nuestro, no solamente en Miami, sino en todos los Estados Unidos. Por eso, junto a nuestra solidaridad con los familiares de las víctimas de este trágico accidente, está, más firme que nunca, nuestro apoyo a MDC.
Conductor del programa La Diferencia de Telemiami.


























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