Hasta hace muy pocos años, Herta Müller era prácticamente una desconocida fuera de Alemania. El Premio Nobel, que le fue otorgado en el 2009, proyectó su nombre y su obra por toda Europa y el resto del mundo. Descendiente de suabos emigrados, había nacido en 1953 en Nitzkydorf, el Banat, un lugar de habla alemana de la región de Timisoara. Durante la Segunda Guerra Mundial, su padre trabajó para las Waffen-SS y su madre fue deportada a Ucrania, donde pasó varios años en un Gulag, sobreviviendo, según se apunta, milagrosamente. Herta era apenas una adolescente cuando Ceaucescu asumió el poder total en Rumania.
Quince relatos constituyen En tierras bajas (Siruela), casi todos narrados por una misma voz, una voz infantil (en los últimos relatos la niña ha crecido y ahora es una adolescente), una voz en formación, todavía sin un dominio pleno de los instrumentos narrativos, de ahí que los relatos, excepto el que le da título al libro, sean breves, formados por párrafos con oraciones cortas, repetitivas, contundentes, como mazazos, donde lo real descriptivo se mezcla con evocaciones oníricas o surrealistas. Las palabras se cruzan reiterativas, se enlazan, forman cimientos, y brota una poesía rarísima, que estremece, y nos pone a pensar.
No es una prosa fácil, se avanza a tropezones. Es como si la autora se lo hubiera propuesto así. Y colocara obstáculos. No hay fluidez, no hay historia, no hay tema, no hay una línea argumental que tenga un desarrollo. Son fogonazos. Fotografías del vuelo de una mosca, flores, cordones, cerezas, peras podridas, ranas, trenzas, gatos, mazorcas, una ternera, tallos, muebles, horcones viejos, polvo, mucho polvo reseco, frío, restos de vajillas y cuerpos –los abuelos, los padres, un niño vecino– que se diluyen en escorzo, mientras intentan un amago de comunicación, casi siempre frustrado. Ni siquiera podría decir si En tierras bajas en un libro de relatos o una novela. Podría ser ambas cosas o ninguna de las dos, aunque no creo que esto tenga la más mínima importancia.
En cualquier caso, el mundo que construye –el que vivó Herta de niña–, que dibuja con precisión pero a regañadientes, es un mundo cruel, temeroso, opresivo. Es la realidad de una aldea –de un pueblo, de un país–, que vive bajo el terror de una dictadura comunista. Aunque jamás se menciona la palabra ni hay alusiones directas, el clima de represión, de tirantez incluso entre la familia y los vecinos relacionándose en las escenas cotidianas, está latente y por momentos se hace más que evidente. No hay en este libro exaltaciones de ningún tipo, los movimientos transcurren en un marco de tensa quietud, de serena espera. Todo es áspero, seco, como el ambiente que se quiere reflejar. Reina la miseria y no hay ánimo ni para compadecerse. El abandono de una familia, su sufrimiento silencioso y hasta el aislamiento de una minoría, los suabos, con la naturaleza como trasfondo, a veces como apoyo, es el tema.
Herta Müller presentó el manuscrito de En tierras bajas a las autoridades culturales de su país, pero la seguridad del estado, la temible Securitate Statului, retardó su publicación cuatro años y cuando al fin la autorizaron, lo que se editó fue una versión muy censurada. A partir de ahí se dedicaron a hacerle la vida imposible a la autora siendo acosada, interrogada y detenida en innumerables ocasiones. A la sazón ya había sido expulsada de la fábrica donde trabajaba, precisamente por negarse a colaborar con la Securitate, y sobrevivía, entre otras labores, impartiendo clases de alemán. Su libro se publica íntegro en 1984 en Alemania. Ese mismo año aparece, también en Alemania, Drückender Tango, un texto, según se apunta, muy crítico con la dictadura de Ceaucescu. Por ello se convirtió, en su propio país, en una no persona. No existía como escritora y como no existía no podía publicar nada. Mientras, sus libros se premiaban y se editaban en el exterior.
En 1987 Herta Müller logra (una odisea que incluyó sobornos) exiliarse en Alemania en compañía de su esposo. A partir de ahí su vida cambia por completo. Hace estudios y trabaja en distintas universidades, entre ellas, la de Gainesville, en la Florida. Sigue escribiendo, publica sus libros y acumula premios. En 1989, menos de dos meses después de la caída del muro de Berlín, comienza precisamente en Timisoara, ciudad donde vivió y se educó y que conocía muy bien, la revuelta que acabaría con la feroz dictadura de Ceaucescu. Imagino cómo debe de haberse sentido esta gran mujer, esta gran escritora.
Entre los libros de Herta Müller traducidos al español se destacan, a parte de este que comentamos, El hombre es una gran faisán en el mundo (Siruela, 1992), La piel del zorro (Plaza & Janés, 1996), Los pálidos señores con las tazas de moca (EDA, 2010), Hoy hubiera preferido no encontrarme a mí misma (2010), Todo lo que tengo lo llevo conmigo (2010), El rey se inclina y mata (2011) y Hambre y seda (2011), los últimos cuatro títulos publicados por Siruela. La escritora, entre otros, ha recibido los siguientes premios: Aspekte (1984), Ricarda Huch (1987), Roswitha Von Gandersheim (1990), Franz Kafka (1999) y Wurth (2006). •




























Mi Yahoo