Nunca había considerado la posibilidad de desconectarnos. Cero televisión y cero –¡oh, Dios, no!– señal de celular. ¿Podría sobrevivir dos días sin ver las noticias? ¿Sin poder actualizar mi estatus de Facebook?
Pero entonces llegamos a nuestro destino en Jenner, parte de la escarpada Sonoma Coast State Beach, en California. El diminuto pueblito costero a menos de dos horas hacia el norte de San Francisco es como una postal. El serpenteante camino entre curvas y montañas nos llevó hasta River’s End Inn. Las rústicas cabañas están justo sobre donde el río Russian se encuentra con el Océano Pacífico. Una sola mirada desde nuestro balcón y la preocupación pareció absurda porque desde ahí seríamos testigos de uno de los espectáculos más bellos de la naturaleza.
Campo adentro
En el trayecto hacia Jenner desde San Francisco visitamos el pueblo de Sonoma. En el centro se encuentran diversos restaurantes, algunas atracciones históricas y tiendas. El restaurante The Girl & The Fig (110 W Spain St.) es un bistro con ofertas de comida country con un giro francés, en la que destaca el higo como ingrediente en varios platos y cocteles. El patio es un popular punto de reunión, al igual que la barra interior. El restaurante procura utilizar ingredientes locales y los quesos californianos que están a la altura de los franceses.
En la ruta, atravesamos el Russian Valley, hogar de viñedos, granjas y enormes secuoyas. Los viñedos dominan el área y hay para cada gusto, entre los más interesantes se encuentran Korbel Champagne Cellars (13250 River Rd., Guerneville), fabricantes del vino espumoso que ofrece un informativo tour en el que se puede conocer la historia de la región. Los jardines –con más de 250 variedades de rosas– también son accesibles con visitas guiadas. El deli del lugar cuenta con productos frescos de la región y es una opción económica para almorzar.
En la costa
El hospedaje de River’s End consiste de cinco cabañas construidas en 1927, adornadas con mucho gusto con todas las comodidades necesarias que no requieran tecnología. La falta de televisión es deliberada, para fomentar el romance, la falta de señal de móvil es culpa de las montañas. El sitio online de este lugar se llama ilovesunsets.com (amo los atardeceres), y con justificación. Desde aquí pudimos disfrutar de una las puestas de sol más impresionantes que hayamos visto.
A la primera luz del día, leones marinos se han apostado en el banco de arena oscura para asolearse. Ya sea nadando juguetonamente o alimentándose de salmón, es toda una experiencia mirarlos y así se pueden pasar horas. El despliegue de naturaleza –en ocasiones, entre los árboles, aparece un águila– también se puede disfrutar desde el restaurante adyacente del mismo nombre. Bert Rangel, de padres mexicanos y original de Los Angeles, eligió este pueblito con población de 150 para dedicarse a su pasión por la gastronomía y el vino. El local es muy popular para almuerzo y cena y muchos esperan pacientemente en la barra para conseguir una mesa junto a los ventanales y disfrutar del atardecer.




























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