Tengo la impresión que ser de Cienfuegos, es algo muy especial. Al menos todos los que he conocido que nacieron allí hablan de esa ciudad cubana con el mismo entusiasmo que si se tratase de París. ¿Por qué? ¿La influencia francesa? No sé bien, pero tanto Matanzas, la capital de la provincia, como la Cienfuegos que creció junto a la bahía, deben sus patronímicos, de seguro, a circunstancias reales. Matanzas, Cienfuegos... habría que investigar a fondo...
Pero de cienfuegos en particular quiero hablar hoy con un escritor nacido en esa tierra, un poeta radicado hace años en Ohio, y que se ha propuesto contarnos las leyendas y memorias de su “patria chiquita”. Me refiero a Guillermo Arango (Cienfuegos, Cuba, 1939), quien acaba de publicar un libro imprescindible para conocer de primera mano los secretos y vaivenes de la ciudad con nombre luminoso y terrible. El año de la pera, publicado por Ediciones Universal de Miami, satisface la curiosidad de sus lectores y nos adentra en esa tierra tan hermosa como lejana para los que ya no la habitan.
A Guillermo Arango (Cienfuegos, Cuba, 1939) lo conozco desde hace años, y si tuviera que definirlo en términos literarios diría que es un escritor perseverante, que sabe lo que quiere y que no desmaya en su labor. El año pasado Ediciones Universal de Miami publicó, por ejemplo, su libro de cuentos Gatuperio. “No soy un escritor de domingo”, me dice para que sepamos lo que ya nadie duda, pues en la última década ha publicado varios libros: poesía, cuentos, y ahora estas espléndidas memorias de su querida Cienfuegos.
“Alguien ha dicho que ser cubano es un orgullo pero ser cienfueguero es un privilegio”, aclara. “Creo que así nos sentimos todos los conterráneos, como si hubiéramos sido acuñados con un sello especial. Creo que hay como un gusanillo que llevamos dentro, me refiero especialmente a los que escribimos, una especie de “sortilegio” que nos prende a esa tierra”.
A un escritor como Guillermo Arango, con una obra que crece cada día, se le puede preguntar por su género favorito, y cuál de sus libros prefiere.
Son cinco los libros de poesía y dos en prosa pero en realidad no tengo un género preferido. Para mí la poesía es inmediata, es dardo; la prosa es algo más reposado, aunque puede ser tan intensa como la poesía. Mi libro preferido ha sido siempre el que estoy escribiendo.
¿Fue siempre una vocación o la necesidad de ganarse vida en este país lo que le llevó a dar clases?
Fue siempre una vocación, indudablemente, y con todo el bagaje universitario que tenía fue lo más práctico que pude haber hecho. Comencé enseñando en colleges pero cambié pronto a trabajar en planteles de Segunda Enseñanza. Fue una decisión práctica ya que el salario era infinitamente mejor y yo tenía una familia que mantener. . Fue una experiencia muy positiva. No obstante, después de mi jubilación he vuelto a enseñar en la universidad.
¿Qué estudiaste en Cuba, cómo fue tu formación? ¿Cuándo y en qué circunstancias saliste de Cuba?
Siempre he sido parcial a las Letras, las Humanidades. En Cuba tuve la experiencia de la Universidad Nacional, La Universidad de Las Villas, y la de Villanueva. Ya en los Estados Unidos, pensé que era una soberana tontería repetir lo que había hecho en Cuba y obtuve un MFA, con especialización en “creación literaria”, algo nuevo, que no existía en nuestro currículo, y que entraba de lleno en lo que quería hacer: escribir. El escribir un libro sobre Cienfuegos fue algo que se caía de la mata, como el que dice. Siempre la he tenido como una ciudad mágica, insondable, llena de poesía, no obstante ser, tal vez, la ciudad más “joven” de la isla ya que fue fundada en 1819.




























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