Opinión

ALEJANDRO ARMENGOL: Truco o trato

 

Madrid – El primer cambio de vuelta en España es que me sabe más malo el café. Quizá sólo se trate de un resabio propio. En cualquier caso los españoles nunca han sido muy buenos en eso de hacer un espresso, y se limitan a algo que llaman “café solo”. Pero lo real es que ahora casi todo el mundo está tratando de hacer más con menos, y uno lo siente por todas partes.

Es patente en la cara del camarero, que si se acuerda de uno lanza una queja breve, porque posiblemente su trabajo se ha triplicado; en la conversación con el taxista, que pasa del fútbol a la política –sus dos temas predilectos y casi únicos– para comentar el último decreto, la ley que se discute o la medida que se anuncia; en los intercambios con colegas y amigos, donde junto al tema del libro y la película se ha colocado el temor a perder el empleo o la realidad del paro.

El pesimismo ha aumentado también. Cuando se habla de la situación hay una especie de fatalismo. Se prosigue echándole la culpa a los políticos –que la tienen– pero sin invocar un cambio. La sociedad española ha perdido la fe en la clase política, y no sabe a quién llamar para pedir ayuda o conseguir encaminar las cosas.

Una crisis que también tiene características específicas, y en el caso de quienes viven en Cuba, y atravesaron por un “período especial” que aún persiste en cierto sentido, puede parecer broma. Si alguien llega de la isla y durante este último feriado por el Día de los Fieles Difuntos se dirige al Mercado de San Miguel, y tiene que empujar para poder entrar y ve a todo el mundo comiendo y bebiendo, piensa que las noticias sobre la crisis española han sido “ligeramente exageradas”. O si tiene que hacer cola en La Mallorquina durante casi media hora, para comerse un dulce y no para obtener unas onzas de garbanzos o un cuarto de pollo, se convence que los españoles se quejan por gusto. No es así. No se ha acabado una forma de vida, pero sí se está transformando a diario.

Vale la pena preguntarse cuándo esos cambios van a llegar a la cultura, no en la forma inmediata de menos asignaciones para los proyectos e instituciones, sino en la permanente de una preponderancia del espectáculo tonto.

España se “americaniza” con una trivialidad alarmante. Los fieles difuntos han cedido el paso al Halloween (la palabra en inglés sin necesidad de buscar un ridículo equivalente fonético). Por supuesto que es un fenómeno comercial. Lo que se busca es sacarle utilidad a una fecha, más allá de la venta de flores. Es por ello que el rito familiar y religioso ha cedido espacio a las cenas especiales en los restaurantes y las fiestas en las discotecas.

Pero no hay que volverse reaccionario. El cambio de morbo, de las brujas a los fieles difuntos, tiene su encanto. Tampoco todas las apuestas actuales son tan frívolas.

Hace poco menos de dos meses abrió junto a la plaza del Callao una librería que se anunció como una audacia en estos tiempos. Con el apadrinamiento de Alessandro Baricco, Inge Feltrinelli, Mario Vargas Llosa y Jorge Herralde se lanzó un reto.

No se trataba de un nombre nuevo. En Madrid ya existían dos, una en el Reina Sofía y otra en la Fundación Mapfre. Pero el centro de referencia, aquello que uno siempre señala cuando intenta arrebatarle la frase a Borges, y transformar el paraíso no en biblioteca sino en librería, era La Central del Raval, en Barcelona. Ahora ya Madrid no tiene nada que envidiarle a la Ciudad Condal.

La Central del Callao no es una audacia. Todo lo contrario. Es el establecimiento del presente: el concepto de boutique aplicado a una librería. Si la cadena fnac equivale a la tienda por departamentos, dedicada a la venta de libros, discos compactos, videos y telefonía, aquí lo que se busca es al cliente ilustrado. El mérito mayor es que un concepto de mercadotecnia –la tienda de productos selectos que es toda boutique– se ha aplicado con conocimiento a un producto cultural. El catálogo de literatura traducida al español de La Central del Callao es asombroso, junto con el surtido de versiones originales. Al tiempo que coloca al libro junto al juguete y la chuchería. Walter Benjamin debería ser el santo patrón del establecimiento.

Lo que sí se puede afirmar es que el concepto aplicado en La Central del Callao es una excepción. Como ocurre en cualquier crisis, hay un patrón deslucido que se impone, y desgraciadamente abunda en España. En el Cementerio de La Almudena, este año abundan las flores artificiales en las tumbas, por la celebración de los fieles difuntos. “Son más bonitas, duraderas y económicas”, dicen algunas ancianas.

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El Nuevo Herald

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