Encolerizados por las insufribles filas y avergonzados de ser hazmerreír de la nación en estas elecciones, los votantes de Miami-Dade esperan que rueden las cabezas en el incompetente Departamento de Elecciones del condado, si es que la administración del alcalde Carlos Giménez tiene las agallas de poner el despelote en orden y exterminar el clientelismo político que infesta como una plaga el gobierno condal.
Ha sido bochornoso e indignante el funcionamiento embarrado del sistema de votación local, otro ojo morado para el condado tras el escándalo monumental de las boletas ausentes que aún no ha sido aclarado. Sin duda, nuestra democracia está de luto por la negligencia de las autoridades electorales y la falta de compromiso y responsabilidad de la clase política de Miami-Dade, tropa de líderes ávidos de poder y admiración pública.
Mientras que en Chicago el martes por la noche el presidente Obama saboreaba las mieles del triunfo al anunciarse su victoria en las cadenas de televisión, en Miami todavía había personas desmoralizadas haciendo fila en los colegios electorales con el sabor amargo de estar conscientes que la elección ya estaba decidida y aún no habían ejercido el derecho al voto.
La gran ironía es que, a pesar del indiscutible fiasco, la supervisora de elecciones de Miami-Dade, Penelope Townsley, quien el año pasado ganó $194,753, se defendió de las críticas y declaró a la prensa: “En general, pienso que el Condado Miami-Dade llevó a cabo una elección excelente”. Su jefa, por cierto, la vicealcaldesa Alina Hudak, devengó $273,301 en el 2011. Y en dicho departamento hay siete empleados que superaron con creces los $100,000, y cinco que arañaron ese jugoso monto.
Con “excelente”, Townsley intentó describir la caótica desorganización de los colegios electorales, máquinas que no funcionaban debidamente, problemas para encontrar a las personas en los listados de votantes, retraso endémico en las filas, escasez de boletas e insuficiencia de máquinas para procesarlas en algunos recintos.
Tiempos terribles estos en los que el proceso electoral se halla en los umbrales de la miseria, un llamado a rescatar del diccionario los términos eficiencia y compromiso ciudadano.
Cuarenta horas después del cierre de las urnas, el conteo de boletas en ausencia de Miami-Dade llegó a su fin misericordiosamente. Mientras tanto, Giménez creó un grupo de estudio integrado por comisionados y líderes comunitarios a fin de concretar una revisión individual de los colegios electorales. Bla, bla, bla… Lo que debe hacer es contratar a una firma de auditoría profesional independiente que investigue la ineptitud del Departamento de Elecciones. Pedir a las autoridades locales que analicen sus meteduras de pata no tiene sentido alguno.
Podemos denunciar, sí, al Departamento de Elecciones por no poseer suficientes papeletas ni trabajadores electorales. Pero en trasfondo, la Legislatura de la Florida y, en especial el gobernador Rick Scott, tienen vela en este entierro y un alto grado de culpa tras reducir el número de días de votación adelanta de 14 a 8, a la vez que contaminaron la boleta con 11 ininteligibles enmiendas a la Constitución estatal que no eran necesarias ahora y retrasaron a los votantes.
A diferencia de los comicios del 2000, cuando tecnologías desatinadas y márgenes estrechos en los resultados dieron pie a una infame recuento, esta vez el gobierno no tiene excusas. Scott se esforzó por suprimir la votación, en vez facilitarla, al aprobar leyes que obstaculizaron el proceso de inscripción de votantes y restringieron el acceso a las urnas.
El gobernador también salió a la defensiva en una entrevista con el buró estatal del Herald/Times. “Lo que intento hacer es mejorar la forma en que el gobierno funciona”, justificó. “Creo en la eficiencia. Creo en que cada voto debe contar”.
Lamento informarle que, a juzgar por el fiasco electoral, por este insulto a la democracia, ni el gobierno estatal ni el condal están funcionando. Para hablar de eficiencia, debió acompañar a las personas que, con dignidad, estuvieron seis horas en fila en la biblioteca regional de West Kendall, entre otros recintos del condado.
Finalmente el sábado, cuatro días después de las elecciones, la Oficina del Secretario de Estado de la Florida proclamó al presidente Obama ganador de los 29 votos que corresponden al estado en el Colegio Electoral. Imagínese si el resultado de la elección presidencial hubiera dependido del conteo en la Florida, ¿qué habría de ser de nuestra autoestima colectiva?
Otro gallo cantaría en esta península y el Condado Miami-Dade, en particular, sería observado como una granja importada de nuestros países.


























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