Viena – Lo que se llama un tipo con suerte. Estaba disfrutando en el café del Kunsthistorisches Museum de Viena, que no es poca cosa, al menos para mí, porque este museo alberga la mejor y más completa colección de pinturas de Brueghel del mundo. Es decir, que si a usted le apasiona Brueghel y ha contemplado sus cuadros en Nueva York, Madrid y Bruselas, solo tiene una visión salteada de la obra de este pintor. Tiene que ir a Viena.
La incomodidad de no haber contemplado los originales de esos cuadros me había durado hasta el martes de la elección presidencial. Pero había más. La cuestión es que Brueghel es una vieja pasión que creo sana, mientras que escribir de política y estar atento a ella me parece cada vez más antihigiénico.
Así que estoy sentado contemplando la extraordinaria cúpula del edificio, bajo la cual está el café del museo, cuando se me acerca una señora y me pide ocupar la silla vacía frente a mí.
Se trataba de un matrimonio, ambos de unos setenta y tantos años de edad, con una hija que aparentemente pasaba o estaba cercana a los cuarenta, pero no estoy seguro. En un terreno donde hay o no hay apariencias yo me siento perdido.
El marido y la hija habían ocupado otra mesa, al lado de la mía, ya que esta sección del café está definida por un gran sofá circular, alrededor del cual las mesas son solo para dos personas.
La señora conversaba conmigo, en lo que yo esperaba me trajeran la cuenta. No sé por qué tuve la desdichada ocurrencia de sacar el tema de la elección y agregar que estaba por Obama.
Resultó que mis recién conocidos eran partidarios de Mitt Romney, e incluso habían votado por boleta ausente (no les pregunté si estaban viviendo en Europa o pasando unas largas vacaciones).
La mujer de más edad me dijo que había conversado con “su gente de Mississippi”, y que el embullo para votar por Romney era tremendo allí, que ella me podía asegurar que salía electo. Ah, y por supuesto, cuando se contaran las boletas ausentes e incluyeran los tres votos de quienes ahora tenía delante de mí, compartiendo mesa en un café de Viena, la victoria sería aplastante.
Romney va a ganar en Florida, agregó. Era como si quisiera demostrarme que su tendencia electoral también abarcaba mi territorio.
Obama puede perder Florida y ganar la elección, le dije casi para lograr poner la mía ante esa avalancha de votos en favor de Romney.
Fue entonces que la más joven entró en la conversación. Lo primero que hizo –en un salto dialéctico de la aritmética a la ideología– fue explicarme que los gobiernos socialistas, como el de Obama, no funcionaban. Que sólo traían pobreza y perjudicaban a los de menos recursos. Para comprobarlo –agregó ya en pleno tono doctrinal–, lo único que tenía que hacer era fijarme en Europa, donde las naciones con gobiernos socialistas estaban muy mal, y en una crisis de la que no salían, mientras que a los países de gobiernos conservadores les iba fenómeno.
Intenté recordarle que precisamente estábamos en Viena, y le pregunté que si no sabía lo que significaba “Viena Roja”. Me respondió que sí, que lo sabía.
Bueno, pues entonces Viena es un buen ejemplo de un lugar donde por décadas el alcalde ha sido socialista, y que la ciudad no estaba nada mal, desde el punto de vista económico, en cuanto a calidad de vida y en lo referido a los beneficios de los ciudadanos.
Le agregué que si íbamos a hablar de España, el ejemplo socorrido de Romney para hablar mal de Europa, una de las cosas ocurridas en ese país había sido una burbuja inmobiliaria similar a la sufrida en Estados Unidos, por ejemplo en Miami.
Fue entonces que ella sacó a relucir el argumento de que dicha burbuja era culpa de los políticos socialistas de Estados Unidos, que habían obligado a los bancos a prestar dinero a los pobres para comprar viviendas, aunque éstos no tenía con qué pagarlas. Era casi como escuchar a Pérez Roura, pero en inglés.
En esos momentos me di cuenta que llevaba casi veinte minutos hablando, en un lugar muy agradable, a miles de millas de Miami, con unas personas afables, correctas y muy simpáticas, y repitiendo y escuchando los mismos temas y argumentos que había decidido evitar en ese día meses atrás.
Por un momento tuve la impresión de que habían logrado echarme a perder la mañana. No fue así. Lo que no estoy seguro es si no se les echó a perder la madrugada o el día siguiente a ellos. Espero que no, y que Viena les haya brindado un buen consuelo. En esta ciudad imperial, a más de uno las ruinas del republicanismo lo encontrarán impávido. Ojalá mis compañeros de conversación sean ejemplo de ello.


























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