Sucedió mientras esperábamos por las credenciales para entrar al Yankee Stadium. Los Marlins estaban a punto de comenzar su aventura en la Serie Mundial del 2003 y decenas de periodistas se agolpaban en la puerta principal. Ante la espera burocrática, todos comenzamos a hablar de béisbol y otras cosas...sobre todo los de Montreal.
Nunca olvidaré la diatriba de los colegas canadienses contra los ex propietarios de los Expos y ahora nuevos dueños de los Marlins. “Se van a arrepentir’’, decía uno. “Son unos mentirosos’’, comentaba otro. “Pobres aficionados del sur de la Florida’’, sentenció un tercero antes de hacer una advertencia funesta. “Lo van a lamentar’’.
De momento en momento las palabras subían de tono y fuerza, casi impronunciables, nunca publicables. Jeffrey Loria, el dueño, y David Samson, el presidente, eran vapuleados verbalmente por los reporteros del otro lado de la frontera como si se trataran del mismo diablo en persona, y Maquiavelo guiara sus designios.
Sangran por la herida, pensé yo. Después de todo la venta de los Expos a las Mayores por parte de ambos empresarios no fue sino el principio del fin para la franquicia asentada en la parte francófona de la nación vecina. Luego, el triunfo inesperado de los peces en aquel mágico Clásico de Octubre borró cualquier duda inmediata….y repito, inmediata.
Nunca he olvidado la pasión con la que esos cronistas se empeñaban en zarandear a Loria y compañía, y cada vez que veo algo que me preocupa, aquellas palabras suenan en mi cabeza como señales de alarma, al igual que ahora, cuando veo al equipo convertido en el hazmerreír de todo el béisbol tras el atraco perpetrado por el alto mando.
Ahora veo que se quedaron cortos.
¿Quién no recuerda aquellas últimas tomas de la serie The Franchise, cuando Loria miraba a la cámara, mientras el club se caía a pedazos, y prometía con voz seria que “esto lo vamos a arreglar’’? Ya sabemos por donde vino el arreglo. La solución no fue otra cosa que el manido recurso de la venta frenética de todo cuanto pueda venderse –y nuestro tratante de arte sabe una cosa o dos del mercadeo de valores-, del aplazamiento de las esperanzas por otro puñado de años.
Los Marlins, de un plumazo, han traicionado a los fanáticos. Si en el 2005 le llamaron “correción de mercado’’ a la salida de Josh Beckett y Mike Lowell, si se deshicieron de un potencial miembro del Salón de la Fama como Miguel Cabrera, y si hace un par de años el sindicato de peloteros y la Oficina del Comisionado tuvieron que obligarlos a gastar los millones del impuesto de lujo para mejorar al equipo, al menos tenían la excusa recurrente de la falta de un estadio propio, del pesado fardo de una renta de la cual no encontraban escapatoria.
Los peces, además, se han burlado de los políticos que les dieron su apoyo y los muchos millones para edificar ese elefante blanco en La Pequeña Habana, una barriada que bien sirve de ejemplo a los problemas económicos que vive Miami con una crisis propia y endémica que asusta a la misma crisis del resto del país. Amo al béisbol a rabiar, pero esta venta furiosa y artera sólo le da fuego a aquellos que, con razón, defienden la separación de los dineros públicos y privados.




























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