David Unger (Guatemala, 1950) escribe con una claridad tal de sus propios límites que en un momento de su vida fue capaz de renunciar a seguir escribiendo poesía, pese a haber sido premiado en este género, y se dedicó en cambio a traducir al inglés a un grupo de polémicos poetas centroamericanos. Pero al tiempo, sabe que el oficio de la escritura le es irrenunciable y que sus fronteras siempre pueden reinventarse, y eso fue exactamente lo que hizo al convertirse en un narrador que no aspira al tipo de literatura que busca abarcar mundos totales, y que sin embargo, logra contar con tal credibilidad una vida humana que ésta puede revelar, al menos en parte, los dilemas de una época.
Si, como reconoce, ni aspira ni puede “escribir novelas épicas”, en cambio ha sido capaz de escribir Para mí eres divina, una novela sobre “una de esas mujeres que se pierden en la historia”. Una novela sobre una indígena guatemalteca que se libra de un destino de semiesclava en un cafetal, gracias a que aprende a leer por sí sola y una monja logra conseguirle un cupo en un colegio de “niñas bien”. Separada de sus raíces, esta mujer llamada Olivia, desarrolla esa capacidad de lucha y adaptación que caracteriza a los sobrevivientes y una movilidad que no sólo la lleva a emigrar a México, sino a abrirse camino por encima de las limitaciones socioeconómicas de su origen.
Pero no estamos ante la típica historia de superación: su camino no culmina en ninguna forma de espectacularidad o fama o riqueza y perfecto matrimonio, como podría suceder en el argumento de una telenovela. La historia que Unger narra escapa a los estereotipos de la tradición folletinesca tanto como a la de la novela social indigenista. Olivia, no es ni líder política, ni víctima indefensa. “¿Qué lo lleva –le pregunto siendo un escritor blanco a escribir la historia de una indígena emigrante?”
“Mis hermanos y yo tuvimos niñera y una que otra “muchacha” (como se llama a la criada en Guatemala), tanto en casa, como en la casa de mis abuelos. Ellas eran y no eran como familia. Después me di cuenta de que nadie se preocupaba de ellas y que su existencia no tenía importancia ni valor para la mayoría de los guatemaltecos no indígenas. Era la cosa más rara que el 60 por ciento del país no tuviera ni voz ni representación en el país por siglos. Con el conflicto armado, con Rigoberta Menchu las cosas comenzaron a cambiar. Enhorabuena”.
Si en lugar de hacer de Olivia una luchadora social, Unger elige narrar cómo se replantea las dimensiones de su sexualidad, lo cierto es que al hacerlo cambia un parámetro de la mirada colectiva. “En Guatemala la clase criolla no imagina que la gente indígena pueda tener alguna vida sexual que no sea relacionada con la procreación. Es otro ejemplo de la invisibilidad de los indígenas”.
Olivia es así una mujer corriente que se asimila a la urbe y que busca una identidad personal forjada a su manera mientras comparte con la multitud de los migrantes del mundo contemporáneo ese sentido de extranjería que caracteriza la identidad en tránsito de quienes dejan el lugar de origen para reinventarse su propia historia.




























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