Opinión

ALEJANDRO ARMENGOL: Huelga en Madrid

 
 

Mariano Rajoy
Mariano Rajoy
Andres Kudacki / AP

Madrid – El hombre se sienta en una silla de tijera y comienza a tocar. Durante años vengo escuchándolo, a la entrada de la tienda El Corte Inglés, en la plaza Callao en Madrid, frente a la librería fnac. Ahora interpreta el preludio de la Suite No.1 para Violonchelo, de Johann Sebastian Bach. Al terminar intercambio unas frases con él y le dejo un euro o algo más. Nunca mucho, nunca quizá lo suficiente. No sé quién es. Por el acento me parece que es alguien que hace tiempo dejó Europa Oriental. Quizá era miembro de una orquesta sinfónica en su país, y no ha regresado. Me ha dicho que con los años ha ido perdiendo memoria. Nunca su interpretación ha sido ejemplar pero siempre es digna. No deja de ser una ilusión volver a escucharlo.

Esa España de detalles es la que siempre me ha gustado. Lástima que esté desapareciendo.

No es que la cultura se extinga o disminuya en Madrid. Todavía no. Es muy probable que por algunos años el violonchelista continúe tocando a Bach, al igual que los guitarristas que interpretan obras de Tárrega y Albéniz a la entrada del Museo del Prado. Mejor es pensar que el país volverá a ser como antes. Pero no es posible ser tan optimista. Los cambios en España no parecen ser reversibles. No hay que dudar que el país saldrá de la crisis. Lo que nadie sabe es cuándo y cómo. Lo que también resulta difícil pronosticar es cuánto esta crisis, que en la actualidad no brinda una esperanza de salida, va a cambiar no solo el carácter de muchas instituciones sino incluso de los ciudadanos.

Por lo pronto, hay una señal que preocupa. El español está cada vez más amargo, y no se detiene a la hora de amargarle, un poco también, la vida a los demás. Pequeños gestos, actitudes, prohibiciones recién descubiertas, descuidos y omisiones.

Lo peor es que no se percibe una solución política de los problemas.

El miércoles hubo huelga general en España, la segunda contra los recortes del Gobierno de Mariano Rajoy, en menos de un año de mandato, y la tercera desde el inicio de esta crisis. El paro no se produjo sólo aquí, sino también en otras naciones europeas. Pero las imágenes de la huelga española fueron las que llenaron las portadas de los periódicos de Europa, incluso en países donde igualmente se fue al paro.

Esa tarde decidí no salir a la calle. La razón fue muy simple: temor.

Con los años he visto diversas huelgas en Madrid, así como manifestaciones y marchas diversas, celebraciones por el Primero de Mayo y protestas variadas. Durante los meses en que los “indignados” ocuparon la Puerta del Sol presencié diversas reuniones, asistí a debates y discusiones públicas. En todos los casos, siempre como espectador. Nunca he participado en una actividad que no me corresponde.

Ahora, sin embargo, cabe la posibilidad, cada vez más segura, que una marcha o manifestación se convierta en un acto violento. En parte ha sido la represión policial, en algunos casos excesiva. En parte también la participación de extremistas y miembros de grupos antisistema en las protestas, que inician actos de violencia con el único objetivo de generar caos y más violencia.

Por otra parte, la huelga general del miércoles sirvió para expresar un sentimiento de frustración, rechazo y protesta, pero por lo demás no parece que va a lograr cambiar nada. Salvo una prueba de poderío de los líderes sindicales, que actúan más bien como partidos políticos, el resultado se midió más bien en términos de una mala imagen para España. Además, si el derecho a la huelga es válido, en igual medida lo es el derecho al trabajo. No se trata de defender a esquiroles, pero con los ingresos familiares cada vez más reducidos, hubo quien sencillamente no pudo sumarse al paro. Se produjeron actos hostiles y de repudio hacia esas personas y comercios, y ello es condenable.

España ha comenzado a dar una imagen similar a la de Grecia: disturbios frecuentes, enfrentamientos callejeros y un gobierno incapaz de encaminar al país. Por supuesto que una situación de este tipo no solo aleja al tan deseado inversionista extranjero, sino también al turista.

Con la economía de la zona euro de nuevo en recesión, tras una caída del 0.1% del producto interior bruto (PIB), según anunció el jueves el instituto europeo de estadísticas (Eurostat), el pronóstico para Europa, sobre todo en los países del sur, resulta desalentador.

En estas condiciones, España no sólo sufre un deterioro del bienestar de una parte cada vez mayor de la población, sino que de forma progresiva está dejando de ser una nación de esperanza, como en su momento debe haber sido para ese violonchelista que ahora toca en una calle de Madrid.

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