Nada más impresionante que la vista del Mar Mediterráneo que baña Tel Aviv para escribir esta columna y contarles una historia que ilustra la necesidad de dar gracias en esta fecha por tantos dones recibidos en un año que termina de forma increíblemente generosa.
En enero, supe de un viaje a Israel que sería una maravilla: estar en pleno Mar de Galilea el 12 de diciembre del 2012, es decir rezar y convivir con diferentes religiones el 12-12-12. Está de más decir que de inmediato brinqué y le dije a un grupo de amigos a los que entusiasmé, “aquí estoy lista para el viaje”. Ellos nada más se saboreaban la jornada a un país que no habían conocido y, sobre todo, origen de nuestra religión.
De pronto, el calendario me despertó a una realidad ¿Acaso la fecha no era el 12 de diciembre, el mismo día de las Mañanitas a la Virgen de Guadalupe, que año tras año me toca cubrir en Univisión? Tuve que cancelar los planes con aquel grupo de amigos con quienes ya preparaba yo la fiesta, aunque ellos decidieron seguir adelante con el viaje.
Triste por no ir, pero feliz nada más de imaginarlos caminando por Cafarnaum, por la bíblica Jerusalén, por Galilea, pronto, con los ajetreos de mi vida diaria, olvidé aquello.
Los meses transcurrieron y, como siempre los caminos de Dios son misteriosos, de pronto, como salido de la nada, un buen día recibo un mensaje de correo electrónico de Irwin Kartsoff, presidente de la organización America’s Voices for Israel, y de quien me había hablado una periodista amiga.
No podía creer lo que leía.
Era una invitación para venir a Israel, junto a un grupo de periodistas, en la segunda semana de noviembre, justo al terminar las elecciones presidenciales.
Sería un viaje para palpar la vida diaria. Una experiencia única.
Lo que siguió fue un mare magnum de acontecimientos: obtuve el permiso para el viaje y todo se acomodó de tal forma que, sin imaginármelo, de pronto estoy sentada aquí escribiendo esta columna del día anterior a Thanksgiving. Desde mi llegada a Israel, he quedado maravillada por un país que se abre generoso al visitante. He entendido, con solo oírlos hablar, del orgullo de tener este pedazo de tierra. Me he maravillado con esos jóvenes hebreo estadounidenses que han regresado a la tierra de sus ancestros, y mi camino me ha llevado precisamente a esa Galilea, donde viviera y predicara Jesús de Nazaret, y me doy cuenta de que estoy en el lugar al que, por problemas con mi agenda, había renunciado.
Mi mente vuela a una frase que me he repetido especialmente en este 2012: Gracias, Padre por escucharme.
Y entonces sé que tengo que dar gracias por algunas inmensas bendiciones: por viajar en el avión del Papa; por abrir aquella conferencia de prensa con mi pregunta sobre Cuba, que dio la vuelta al mundo; por haber estado en el lugar de la noticia durante este año, cuando podría estar sin empleo; por tener cerca a Antonietta, y por algo sin lo que no podría hacerse nada, tener salud.
Así que doy gracias además por creer, por tener fe y por saber que los milagros existen. De otra forma, no podría explicar las cosas maravillosas que me han sucedido.
Happy Thanksgiving!•























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