En estos tiempos, irremediablemente, hasta las fiestas nacionales han caído presa de la vorágine del consumismo.
En el Día de la Recordación, los asados sustituyen las visitas solemnes a las tumbas de los militares caídos. En el Día de la Independencia, la mayor atracción son los fuegos artificiales, no la historia ni los padres fundadores de la patria. En el Día del Trabajador no honramos los derechos de los empleados, sino que salimos de viaje. Y el Día de Navidad, al igual que fechas importantes en el calendario de otras religiones, se ha convertido para algunas familias en una entrega de regalos.
Pero el Día de Acción de Gracias ha logrado esquivar la corriente materialista para mantenerse fiel a su espíritu original, aunque algunas cadenas de tiendas tal vez intenten sabotear su esencia. La supervivencia de su autenticidad va más allá de pisar las mismas huellas que los pobladores de la Colonia de Plymouth dejaron atrás.
La razón es que no hay nadie, por más infeliz y pesimista que sea, que no haya podido experimentar en algún momento del año una de las emociones más comunes entre los seres humanos: gratitud. Y es que ni los asados ni los fuegos artificiales ni los viajes ni los regalos pueden disfrutarse a plenitud sin sentir agradecimiento.
Ser agradecido es hacer un alto en el pedregoso sendero del diario vivir para identificar y estar consciente de los regalos y las bendiciones que recibimos del universo. Es el antidepresivo natural para manejar, y hasta superar, cualquier problema que nos perturba en cualquier momento. La gratitud nos permite así divisar el hecho desde una atalaya y enmarcarlo dentro de un paisaje que comprende el torrente de cosas positivas que nos sucede, comenzando con el privilegio de la vida misma.
No existe ninguna tradición religiosa o filosófica que no vea la gratitud con ojos de admiración. Rendir culto con gratitud a Dios o a un Poder Superior es un requisito sine qua non y por eso los textos sagrados, plegarias y principios básicos de una cultura están impregnados de ella.
Madre de todas las virtudes, la gratitud – o la capacidad de ser agradecido – está asociada con emociones positivas, satisfacción con la vida, optimismo, esperanza y vitalidad. Su estudio sistemático ha sido el campo del movimiento de la psicología positiva que surgió en las postrimerías del siglo XX, y ha comprobado científicamente que expresar gratitud mejora el bienestar, aumenta la autoestima y nos hace menos susceptibles a emociones negativas como la frustración, la decepción y el miedo.
De hecho, biólogos que han logrado medir conexiones psicofisiológicas con la gratitud concluyen que cultivar una actitud de agradecimiento puede mejorar el funcionamiento del corazón, aliviar la depresión y atenuar dolores físicos.
Especialmente si una persona intenta crear algo en su vida, sanarse, ver prosperidad, agradecer o bendecir lo que tiene, incluyendo las cosas más simples como el agua de la ducha o un teléfono para comunicarse con alguien que ama, es como imán para atraer lo que busca y magnificar los regalos que la vida ya le ha obsequiado.
Reconocer la abundancia desde lo profundo del corazón es vivir en abundancia. Y la abundancia no es solamente tener una cuenta bancaria con abultado saldo o conducir un automóvil de último modelo. Es también nuestros atributos y virtudes, y especialmente el hecho de ser hijos perfectos de Dios sin importar nuestras experiencias externas.
La práctica diaria de la gratitud comienza al abrir los ojos por la mañana, cuando damos gracias por estar despiertos. Luego prosigue la lista de gratitud – verbal o escrita – por lo que nos está sucediendo en los días presentes. Por último, viene la apreciación de lo que está por venir, los alimentos que estamos a punto de comer, la gente que conoceremos, el trabajo que realizaremos, el amor que vamos a recibir, las bendiciones que nos van a llegar. Es una declaración tácita de que estamos abiertos a recibir lo que nos pertenece.
En este espíritu de Thanksgiving, me permito invitarlo a colocar gentilmente su mano derecha sobre su hombro izquierdo, y su mano izquierda sobre su hombro derecho. Abrazándose, agradézcase a sí mismo por el regalo de ser usted.


























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