Cada día, desde que se levanta, Micky Ward le da gracias a la vida sólo por el hecho de ponerse en pie y respirar. Después de todo, son pocos los que bajan al infierno de una carrera sangrienta y cruel como la de un boxeador, y regresan intactos de cuerpo y alma para contar su historia.
Y nadie ha bajado tanto a ese infierno como Ward, cuya carrera quedará definida para siempre por sus tres combates con Arturo Gatti. Dos de ellos estuvieron tan repletos de acción que la revista The Ring los seleccionó como los Mejores del Año, y en el pugilismo no siempre eso es algo de elogio, al menos no para la salud.
Sí, todo el mundo recuerda esas tres peleas donde dejamos la piel en cada golpe, evoca Ward. Arturo y yo les dimos a los aficionados algo para recordar, pero mi carrera fue mucho más que eso. Tuve la suerte de ganar un título del mundo. Al final la leyenda va por el lado de alguien que se levantó entre muchos problemas y logró algo duradero y hermoso, porque entre tanta dureza y ferocidad hay un poco de belleza que asusta.
Pero si algo no le asusta a Ward es el boxeo, por eso cuando le propusieron convertirse en entrenador de varios púgiles no dudó en dejar a su Massachusetts de siempre para venir a Miami. Su debut en una esquina será el 30 de noviembre como parte de una cartelera promovida por Adquinity Sports en el BB and T Center, en Broward.
Ward forma parte del grupo de entrenadores del dominicano Joan Guzmán (33-0-1, 20 KO) para su combate de título mundial contra el ruso Khabib Allakhverdiev en las 140 libras por la faja de la Asociación (AMB). Ya se ha corrido la voz y no son pocos los que quieren ver de cerca al irlandés.
Estoy muy contento con esta oportunidad de ayudar a otros boxeadores y compartir mi experiencia, afirmó Ward con su profundo acento de Nueva Inglaterra. Siempre quise seguir metido en el boxeo, porque a pesar del retiro sigo sintiendo el fuego cuando me acerco a un cuadrilátero. Muchos ex boxeadores han buscado un espacio como entrenadores, pero no lo han encontrado. Otros no conservaron facultades y algunos otros se fueron antes de tiempo.
En esa última categoría encaja su némesis: Gatti.
Cuando un amigo común lo llamó el 11 de julio del 2009 para comunicarle que la vida le había dado un golpe bajo y definitivo al hombre con el cual sostuvo tres batallas perdió dos y ganó una- que se cuentan entra las mejores de todos los tiempos, Ward no podía aceptarlo. En medio de tanta confrontación, ambos habían desarrollado una extraña relación.
Gatti fue encontrado muerto mientras pasaba vacaciones en Pernambuco, Brasil, y aunque en principio la policía de ese país estimó que se trataba de un suicidio, otras investigaciones privadas apuntaron a un posible homicidio. Si bien la esposa del italocanadiense, Amanda Rodríguez, fue detenida en un momento inicial, luego la liberaron por falta de pruebas. Todavía el caso sigue abierto.
No digo que la esposa sea culpable, pero sí estoy seguro que ella sabe la verdadera historia de todo, explica Ward, quien en par de ocasiones tuvo que ser atendido en un centro de trauma ante la gravedad de las lesiones. Arturo no era del tipo suicida. Todo lo contrario, siempre alegre, lleno de vida. Todavía pienso en su muerte y se me pone la piel de gallina.
Posiblemente, esas sean las únicas ocasiones en que algo logra estremecer a Ward. Ni la pobreza, ni la vida llena de peligros en calles sórdidas, ni las lesiones, ni la relación tormentosa con su medio hermano, Dicky Eklund, descarrilaron una vida que resultó inmortalizada en la película The Fighter.
En el filme, Ward fue interpretado por su amigo Mark Wahlberg; Christian Bale tuvo el papel de Eklund. La cinta resultó un éxito económico y artístico, al punto de ser nominada a siete premios Oscar. Finalmente obtuvo dos estatuillas de la academia: Bale ganó el galardón al Mejor Actor de Reparto y Melissa Leo en la piel de la madre del púgil- obtuvo el equivalente femenino.
Por encima de todo, lo más importante para Ward no fueron los honores.
Mark siempre me recordaba que era muy difícil resumir una biografía en un par de horas, pero quedé contento con el resultado, apunta Ward, quien a los 47 años mantiene el rojo intenso de su pelo. En el filme aparezco más callado de lo que realmente soy. En el fondo Mark tiene razón. No es fácil comprimir una vida en tan corto tiempo, menos si es una como la mía.




























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