NUEVA YORK -- Después de más de una semana de autosuficiencia, George Ossy, un inmigrante de Africa que vivía en medio del caos en Rockaways, finalmente, seguido por su hija de 10 años, entró en el centro de socorro en esa calle, uno de los varios que establecieron voluntarios que llegaron a la península en Queens, muy golpeada por la tormenta.
Momentos después, una mujer blanca se inclinó para dirigirse a su hija. “¿Has comido algo en dos días?”, preguntó.
Ossy montó en cólera. No había luz, cierto, y las noches eran frías, pero Ossy, un taxista orgulloso de las largas jornadas que trabaja para ganar dinero para su familia, se sintió insultado con la sugerencia de que su hija no estaba bien atendida.
“Dije: ‘¿Qué cree usted? ¿Cree que vivimos en la maleza?”. Sintió que los voluntarios lo trataban con condescendencia, muchos de los cuales eran de barrios lujosos de Manhattan y Brooklyn. Se dio la vuelta y se fue.
El huracán Sandy, dice el cliché del momento, creó una ciudad de los que tienen y los que no tienen; esos neoyorquinos con electricidad y calefacción, y las muchas otras garantías de la vida moderna, y los que no las tienen. Sin embargo, la tormenta simplemente dejó claras las líneas divisorias en una ciudad fracturada de tiempo atrás por clases, razas, orígenes étnicos, geografía y cultura. Y, como recordatorio de estas divisiones, quitó algo de esperanza de que se puedan zanjar.
Los activistas de la contra cultura del movimiento Ocupemos Wall Street estuvieron arrancando placas de yeso empapadas en casas en Rockaways, propiedad de policías . Profesionales del Upper East Side se dirigieron a los barrios de tablillas en Staten Island y se ensuciaron las manos limpiando sótanos. Y los blancos aburguesados, que es posible que no hayan pensado demasiado en las unidades habitacionales de interés social dispersas alrededor de los barrios de moda, como Red Hook en Brooklyn, de pronto estaban dentro de ellas subiendo con dificultad por huecos de escaleras totalmente oscuros para indagar sobre el bienestar de los residentes, en su mayoría negros e hispanos pobres. Sin embargo, aun dentro del resplandor de la unidad que llegó después de las tragedias en Nueva York, puede ser difícil ignorar estas disparidades, que en ocasiones, provocan momentos de fricción y malentendidos.
Neoyorquinos más privilegiados, algunos más familiarizados con la pobreza debido a sus viajes por el Tercer Mundo que por explorar su propia ciudad de origen, desentierran una culpa profunda con pilas de ropa donada, al enfrentarse cara a cara con la miseria que existía tan cerca de su casa, aun antes de la tormenta.
A quienes se acercan a ellos para solicitar ayuda les preocupa que tengan algún interés morboso en su difícil situación, tratándolo como una excursión de fin de semana, “como si estuviéramos en el zoológico”, dijo una residente de una unidad habitacional en Rockaways -reflejando una queja que se escuchó con frecuencia en Lower 9th Ward, en Nueva Orleáns, después del huracán Katrina-, mientras voluntarios le tomaban fotos con iPhones cuando esperaba en la fila para donaciones en comida y ropa.






























Mi Yahoo