Todos los días Mariela Rivera reparte postres a hombres y mujeres desconocidos y hambrientos de dulzura porque lo han perdido todo. “He visto pasar a médicos y a gente que nunca trabajó, a viejos y a jóvenes. Cada cual tiene su propia historia y a veces me cuentan sus tragedias” nos dice Mariela que no habla inglés pero a todos les sonríe y con gestos les anima para seguir adelante. Mariela, colombiana de Pereira, llegó a Miami hace unos tres años a reunirse con sus hijos y nietos. “Tengo once biznietos” dice orgullosa. Trabaja en Camillus, House el refugio para desamparados fundado por los hermanos del Buen Pastor hace medio siglo con el fin de ayudar a personas que viven en las calles. Y allí Mariela ha aprendido que a todos nos persigue una historia cargada de dolor, lo que nos diferencia es el grado de esperanza que seamos capaces de conservar en el alma.
Jonathan, por ejemplo, es un afro americano que nació en Miami hace 41 años lleva 8 meses viviendo en Camillus House, está a punto de graduarse en el Miami Dade College, pero su mayor éxito es que lleva 8 meses sin tomarse un trago y sin usar drogas. Jonathan me cuenta que ha dejado el precipicio atrás, me explica que por primera vez está recibiendo tratamiento para una enfermedad mental que lo descontrolaba y lo hacía mucho más vulnerable a la adicción.
No muy lejos de Jonathan encuentro a Mohan, un paquistaní que llegó de Nueva York y que parece estar siempre en otro mundo. Desdentado y sesentón, con la mirada perdida Mohan declama en voz alta misteriosos pasajes religiosos cuyo significado sólo él entiende. De vez en cuando sale de su paraíso religioso, aterriza en la realidad e insiste en que le dejen llevar una botella de leche a su cuarto porque “me cuesta trabajo masticar muchas cosas y la leche es un alimento muy completo que tiene calcio para los dientes”. Así se van sus horas entre el paraíso y la leche. Mohan reside en la unidad de Camillus House que ofrece tratamiento psiquiátrico y supervisión a quienes sufren de trastornos mentales.
Franco, un mulato alto, elegante y educado tiene un problema burocrático curioso: para la burocracia él no existe. En Cuba Franco fue profesor de español pero desde que llegó aquí con sus padres en el año 1980 se ha ganado la vida como pintor de brocha gorda. Cuando la construcción se desplomó en el sur de la Florida se quedó sin tener qué hacer . Hace dos años, desempleado y sin dinero terminó en la calle y perdió todos los papeles de identidad. Sí, los extravió en el último desalojo y desde entonces –administrativamente no existe. Hace un mes que llegó a Camillus House y ya lo han conectado a una agencia que le está gestionando su identidad como residente y programas para ayudarle a conseguir empleo y vivienda a bajo costo. Entretanto, Franco se ha ofrecido a enseñar español a todos los residentes y empleados de Camillus House.
Conocí a Jonathan, a Mohan, a Franco y a tantos otros en el comedor de Camillus House donde trabaja doña Mariela. Ella también tiene su historia, me la cuenta con lágrimas que limpia con la mano manchada del merengue que acaba de preparar. Lo que le parte el alma es su hijo de 28 años que “está metido en drogas y va por mal camino y por él a Dios le pido.”

























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