Finanzas

La empresa de recuperar el arte

 

Especial / El Nuevo Herald

Las hermanas Dayamis y Daymis Hernández llegaron a Miami a mediados de 1999, dispuestas a pasar sin miedo por lo que los cubanos llaman en broma ‘La etapa de la ignominia’, ese período inicial que obliga a aceptar cualquier trabajo, manejar el estrés de manera no convencional, o vaciar en un día el tanque de la gasolina buscando una dirección.

Pero ese siempre fue el plan B. El principal era continuar con el negocio de restauración de obras de arte, lo mismo que hacían en Cuba, como una pequeña empresa familiar, y que rebautizaron en Estados Unidos como D&D Art Restoration Inc.

“Vinimos con varias recomendaciones de clientes nuestros, y creo que a los 15 días ya teníamos nuestro primer encargo, alguien que quería restaurar su colección para abrir una galería”, explica Daymis, quien recuerda que desde el principio, tanto en Cuba como en Miami el gran problema siempre fue la falta de espacio.

Aprendieron la técnica de restauración en la escuela taller Gaspar Melchor de Jovellanos de La Habana, un proyecto de la Agencia Española de Cooperación Internacional y la Oficina del Historiador de La Habana dedicada a rescatar las edificaciones construidas durante la época colonial.

Después de graduarse en 1994 trabajaron como restauradoras por tres años en el Museo de la Ciudad de La Habana, y también en su casa por cuenta propia, pero por esa época en Cuba no otorgaban licencias para realizar ese oficio, y tenían que hacerlo a escondidas.

En Miami trabajaron en casa de familiares, luego en un pequeño apartamento rentado, después en una casa, pero siempre el taller terminaba invadiendo casi todo el espacio habitable, hasta que se trasladaron para una oficina encima de una cafetería en La Pequeña Habana.

Un encargo para restaurar una copia de La Madonna di San Sisto, cuyo original pintó Raphael a principios del siglo XVI, las hizo mudarse a donde hoy tienen el taller, también en La Pequeña Habana. “Fue el tamaño del cuadro lo que nos hizo alquilar aquí”, recuerda Dayamis, “en la oficina no cabía. Varios expertos se lo atribuyen al pintor italiano Giovani Batista Salvi di Sassoferrato (1609-1685), y probablemente fue pintado durante la primera mitad del siglo XVII”.

“Cuando comenzamos aquí, solo teníamos dinero para alquilar por un mes, y lo que íbamos a cobrar apenas alcanzaba para pagar la renta. Prácticamente lo hicimos para no decirle que no al cliente, pero por suerte a partir de este trabajo nos empezó a ir bien, ahorramos algo, hicimos una inversión, y pudimos quedarnos, incluso sin tener que endeudarnos”.

El lugar donde ahora trabajan es un amplio local en la calle Ocho donde han restaurado obras de Wifredo Lam, Tomás Sánchez, Amelia Peláez, Carlos Enríquez, Víctor Manuel, Fidelio Ponce de León. Sandu Darie, Loló Soldevilla, Rafael Soriano, Rafael Soto, Geco, Salvador Dalí, y Joan Miró.

Se han especializado en pinturas al óleo y acrílico sobre tela, acuarelas, tempera, y tinta sobre papel, y en otras como la pintura sobre cerámica o madera, masonite, y esculturas kinéticas realizadas con polímeros y acrílicos.

Aclaran que contrario a lo que muchos piensan la restauración es un trabajo muy técnico. “Quizás la parte artística está en conseguir un color o una textura lo más cercano al original. Usamos muchos componentes sintéticos, y naturales como resinas de árboles y cera de abeja cuando tratamos cuadros más viejos, pero primero hay que determinar qué componentes son compatibles con la pintura original, y que sean reversibles, que se puedan remover cuando vuelvan a limpiarlos y restaurarlos de aquí a unos años. El principio es respetar lo que hizo el pintor, y ver la obra como a un paciente. Los elementos de un cuadro se oxidan, se descomponen con la luz, los colores se degradan, y se cristalizan los adhesivos”.

¿Y cuando les traen una falsificación?

“No se pueden restaurar”, explica Daymis, “los restauradores no avalamos ni certificamos la autenticidad de una obra, aunque siempre hay una manera de decirle al cliente que hay elementos en el cuadro que no se comportan como debería ser, que la pintura aun está fresca (tarda varios años en secarse), o que no refleja la luz ultravioleta como debiera”.

¿Y lo más difícil de este trabajo?

“Que te paguen, o que no lo hagan a tiempo”, dicen sonriendo. “Algunos clientes todavía no saben cómo valorar tu tiempo, la paciencia, la delicadeza, los materiales. Regatean como en un mercado, y este es un trabajo muy técnico, de mucho cuidado, y eso tiene su precio”.

D&D Art Restoration Inc., 1465 SW 8 St., Suite 104, (786) 326-6265, (305) 742-4270, ddartinc@gmail.com

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