No había terminado de comer el pavo de la cena de Thanksgiving, cuando una pregunta de los comensales me hizo pensar en el deporte favorito que marca el inicio de la temporada de fiestas: las compras del llamado Viernes Negro.
¿A cuántas tiendas podremos llegar este año antes de que salga el sol?
La respuesta fue más o menos la misma: “Con las tiendas que abren esta misma noche, seguro que al amanecer habremos terminado de hacer las compras”.
Me dirigí a Yvonne, toda una profesional en el asunto.
“Cada año las tiendas nos retan más, así que hay que prepararse desde lo elemental, es decir, guardando energías suficientes para que el cuerpo pueda resistir la jornada”.
Toda una “profesional” del Black Friday, Yvonne reclutó a su ejército de siempre: hijas de amigas ysobrinos dispuestos al sacrificio completo de la jornada y, sobre todo, puso en marcha todas las mañas que a través de los años ha ido mejorando: una maleta con cuatro ruedas para ella, bolsas también con rueditas para cada uno de los ayudantes del día.
“De esta forma no nos agotamos cargando las bolsas y nos limitamos a arrastrarlas por todos los centros comerciales”, explicó. “Lo importante es que de tiempo en tiempo vayamos al automóvil a descargar las mercancías, guardándolas cuidadosamente en el maletero. De esa forma, siempre tenemos las maletas disponibles para más regalos”.
Me canso solo de escuchar la logística del operativo, pero formo parte de su entourage. Parte de su ritual es previamente recorrer en auto los centros comerciales que lucen desiertos y cerrados, para verificar si ya hay colas de consumidores esperando a que las tiendas abran.
Hay enorme fila en una tienda de electrónicos. Yvonne le pide a uno de sus asistentes que revise las ofertas que esa tienda anuncia en el periódico.
No se equivoca.
“¡Un plasma de 43 pulgadas a solo $179! ¡Los estan regalando!” Emocionada, sigue leyendo el anuncio. Pero ese precio dura de tres a cinco de la mañana”. No cabía duda de que esa sería la primera parada.
Hacia el mediodía, después de casi 16 horas en la agitada labor anual, toma un respiro que, dice, le sabe a gloria. “Algunos almacenes ofrecen comida. Vamos”.
Termina agotada alrededor de las cinco de la tarde, para dormir casi de corrido las 12 horas siguientes…
Le pregunto si le ha faltado algo. “Sí”, responde al instante. “Empezar a pensar en lo que haré en el Black Friday del próximo año”.•























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