Opinión

ALEJANDRO RIOS: Pesadilla del historiador

 

Su inusual atuendo, que imagino cortado a la medida, semeja aquella suerte de safari gris puesto de moda por los maoístas

Durante la Feria del Libro de Guadalajara del año 2003, dedicada a Cuba, me reencontré con un ex directivo del Instituto Cubano del Libro quien, a la sazón, se ocupaba de Ediciones Boloña del Historiador de la Ciudad de La Habana, Eusebio Leal.

Esperanzado con lo que él consideraba aires de cambio, trató de convencerme de que Leal estaba por la unión de todos los nacionales, vivieran donde vivieran, y que se oponía tácitamente a las arbitrariedades migratorias del gobierno llamadas a ser cambiados ahora, nueve años después.

Lo que había en el trasfondo de su animada conversación era que el protagonista de “Andar La Habana” se inclinaba más por los negocios que por fervores políticos y que, apoyándolo desde el exilio, todos saldríamos beneficiados.

Creo que Leal ha logrado consolidar su prestigio de empresario, salpicado recientemente por hechos de corrupción, desde las intrigas palaciegas de la política. Primero debió hacerse valer, con el inconveniente de su catolicismo, cuando la religión no formaba parte de la ecuación del régimen, y luego debió derrotar, en buena lid, a la poderosa Martha Arjona, directora de Patrimonio del Ministerio de Cultura y acérrima enemiga.

Cierta vez supe, por boca de un funcionario del Centro Wifredo Lam, que Fidel Castro se burlaba de la incontinencia verbal de Leal cuando debía agasajar con historias sobre La Habana a invitados del dictador en su presencia.

Una amiga, que ahora vive en Miami, y trabajó como restauradora en la Oficina del Historiador, me dijo por los años ochenta, cuando ya el panorama gastronómico de la isla daba grima, que Eusebio Leal encargaba su almuerzo, diariamente, al restaurante La Torre de Marfil, perteneciente a sus predios de La Habana Vieja.

Leal es lo suficientemente hábil para no hacer ostentación de sus recursos económicos, que parecen ser cuantiosos. Rara vez, por ejemplo, utiliza un traje de cuello y corbata. Su inusual atuendo, que imagino cortado a la medida, semeja aquella suerte de safari gris puesto de moda por los maoístas en los años sesenta.

En varios documentales recientes sobre aspectos del deteriorado urbanismo de la capital cubana, Eusebio Leal reclama el fin de la desidia para que La Habana no se venga abajo, sobre todos las partes que están fuera de su jurisdicción.

En momentos como esos se parece al anciano Alfredo Guevara, quien se distancia de la debacle que contribuyó a crear, abogando por rebeldías de salón y aire acondicionado sin mayores consecuencias entre la población de a pie. Ambos son piezas que sirven al régimen con escamoteados atributos de disensión.

Viejos zorros en las lides dictatoriales, saben cuándo es hora de adular a los autores de la ignominia aunque en ello les vaya el poco prestigio acumulado en la práctica cultural e ideológica.

Por estos días, Leal ha sentido que su imperio es puesto en solfa, tal vez porque algunos de sus empleados no han podido sustraerse al encanto de la burguesía que él disfruta con discreción y han metido las manos en las arcas del historiador.

La respuesta no se ha hecho esperar, presentó un libro, publicado por su oficina, con fotos representativas del Castro hecho piltrafas y ha dicho, sin un ápice de vergüenza, que “Fidel encarna el sueño de Cuba”.

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