Bernadette Pardo

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BERNADETTE PARDO: El rezo

 

bpardollada@yahoo.com

Dios nos ampare, me digo cada vez que recuerdo la decisión de la comisión del condado de comenzar sus debates rezando.

Conste que no tengo nada personal contra la oración, todo lo contrario. Mi reacción natural ante los disparates de la vida es encomendarme a Dios y casi todas las tardes, cuando mi marido regresa a casa, imploro la protección de San Judas Tadeo, el patrón de las causas perdidas. Es más, todas las mañanas cuando en bicicleta cruzo la avenida Le Jeune me santiguo dos veces, una al iniciar el cruce bajo el amparo de la luz verde para los peatones y la segunda al llegar con vida al otro lado de la avenida. O sea que no deben creer que soy atea o poco religiosa todo lo contrario, que mis monjitas me educaron pero que con mucho rosario.

Con lo que no estoy de acuerdo es con imponer mis creencias religiosas a los demás, con obligar a la gente a que rece, en privado o en público, y mucho menos a que el gobierno –los contribuyentes- paguen la factura del rezo. El que quiera rezar que lo haga en su tiempo libre y si le cuesta algo rezar que se lo pague. Parece una filosofía simple pero no lo es porque en nuestro condado que Dios nos ampare.

Ahora por inspiración de la Coalición Cristiana, un pequeño pero activo grupo dedicado siempre a imponer sus peculiares creencias, y de la mano del comisionado Pepe Díaz, el rezo se instala en la comisión del condado al inicio de cada sesión. Pepe Díaz presentó su revolucionaria propuesta proclamando que la “religión es de lo que esta hecho este país”. Respetuosamente expreso mi desacuerdo. En realidad a este país lo han hecho muchas cosas, comenzado por la sangre derramada por tantos para que hoy gocemos de libertad religiosa.

Los primeros pobladores europeos de este país llegaron a bordo del Mayflower en 1620 huyendo de la persecución religiosa y, como el ser humano es una paradoja, instauraron un sistema de terror para perseguir a quienes no profesaban su fe. Durante muchos años, católicos, judíos, ateos o cuáqueros acabaron en la horca hasta que alguien se dio cuenta de que la nación iba a acabar como la Europa de la que habían huido: un continuo baño de sangre en nombre de la religión verdadera, cualquiera que esta sea.

Así que bien pronto en la vida de la nación, incluso antes de que fuera la republica de las barras y las estrellas, los estados comenzaron a adoptar leyes separando al gobierno de la religión. Luego vino la constitución federal que resuelve el problema en 16 palabras agrupadas en una simple frase: el gobierno no amparará ni prohibirá ninguna creencia religiosa. Entenderlo debería ser simple pero no lo es porque siempre hay un Pepe Díaz dispuesto a demostrar que él es más creyente que nadie, como si la comunicación con Dios le diera más sabiduría o mejor gestión de los negocios públicos.

Por supuesto, los comisionados tienen todo el derecho del mundo a rezar lo que quieran en su tiempo libre, en sus casas, en sus vehículos, en los muchos y magníficos templos que hay por toda la ciudad –para los comisionados católicos les recomiendo la iglesia del Gesú que está cerquita y mantiene una magnífica obra social- Lo que complica mucho las cosas es que en horario de trabajo, en las instalaciones del gobierno, mientras están cobrado el sueldo que les pagamos, se pongan a rezar.

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