Cartas

Marga va al hospital

 
 

Trabajadores de la salud protestan frente al hospital La Princesa, en Madrid, contra los recortes y la privatización de los centros de salud, el lunes pasado.
Trabajadores de la salud protestan frente al hospital La Princesa, en Madrid, contra los recortes y la privatización de los centros de salud, el lunes pasado.
Pablo Blazquez Dominguez / Getty Images

Ana pensó ayer en quedar. Y pensó en llamarnos por teléfono. No nos llamó. No le dio tiempo. Marga se levantó con unos dolores terribles de cabeza y se adelantó en darnos el telefonazo. Así que quedamos. Ana, Emi, Marga y yo. Y lo que iba a ser un café, lo cambiamos primero por un viaje en coche, un ratito de hospital después, y luego otro viaje en coche y otro hospital.

En el último sí que esperamos tela. Marga estaba a lo suyo, arrugada y en pijama, con la cabeza explotando. Y nosotros estábamos a lo de todos, de un hospital a otro y espero porque me toca. Aquello parecía un juego. Marga sujetándose la cabeza de dolor con las manos, mientras que todo estaba conjurado para deshojar a la Margarita. Este hospital sí, este hospital no.

Toda la historia parecía una gracia de dios. Era muy simbólica. Hay muchas maneras de arrancarle los pétalos a una flor de veinticinco años. Y una de las formas es ver a Marga a punto de explotar y ver el tiempo saltando, de segundo a segundo, un salto entre la vida y la muerte, le tocará ya o no le tocará, un balanceo peligroso entre dos extremos, un juego de niños estúpidos.

Un juego de estafas donde se pagan impuestos hasta por el pan, mientras que en los hospitales la gente se muere esperando, se muere porque el dinero se lo llevará otra vez un Palacio de Congresos, otra vez no sé cuántos teatros, aeropuertos y piscinas climatizadas más vacías que la una. Se lo llevarán los promotores políticos cuando se lo repartan con sus amigos los promotores privados. El dinero se lo llevarán otra vez los coches oficiales, los mismos coches oficiales que aparcan y esperan todos los días, todos los días hay decenas de chóferes esperando no sé cuantas horas en la puerta de los restaurantes más caros, en los restaurantes más lujosos que hay en esta ciudad.

Rafael Barbero García

Madrid, España

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