A muchos floridanos, como a tantos otros residentes del país, les ha picado el bicho de la reforma educativa. Se nota en la creciente participación popular en campañas para mejorar la enseñanza. Pero lógicamente no todo lo que anda por ahí haciéndose llamar “reforma educativa” lo es. Y buena parte de lo que sí lo es no necesariamente conviene a padres y estudiantes. Por ejemplo, los electores de Miami-Dade votaron en contra del sentido común, para no hablar de su bolsillo, cuando aprobaron en noviembre un bono escolar cuyo supuesto objetivo es mejorar la infraestructura de las escuelas. Por ahora, el único resultado tangible de esa votación es que nuestros burócratas escolares se aumentaron el techo de sus salarios entre 10% y 30%, algo que se cuidaron de decir que harían mientras nos vendían el bono. Por contraste, a los maestros, que lidian a diario con los alumnos, solo les aumentaron unos miserables $300 anuales. ¡Y eso que hace tres años que no recibían incrementos salariales!
El bono aprobado por los miamenses ilustra lo bueno y lo malo de la inquietud popular por la enseñanza. Lo bueno es que la gente reconoce la necesidad de perfeccionarla. Lo malo es que, en su afán por lograr ese noble objetivo, muchos se dejan embaucar por encantadores de serpientes disfrazados de bienhechores. En los últimos años, las mayorías han aplaudido las escuelas de alquiler, la contratación de empresarios en vez de educadores para administrarlas, los vales escolares, los rígidos exámenes estandarizados de estudiantes y las evaluaciones de maestros y escuelas basadas en esos exámenes. Hoy numerosos estudios cuestionan la validez de esas medidas que por lo general impulsaron personas ajenas a la educación, especialmente políticos y millonarios diletantes.
Mientras escribo esta columna surge otro ejemplo. Ciertos vividores, auspiciados por la Fundación Ford, hicieron aprobar programas pilotos en cinco estados para martirizar a 20,000 estudiantes con 300 horas adicionales de estudios bajo la falsa presunción de que nuestro sistema de enseñanza se ha rezagado. Esto, a pesar de que casi todos los distritos escolares carecen de presupuesto para ampliar la jornada de clases.
Todas esas seudoreformas se basan en el prejuicio ideológico de que la enseñanza es como cualquier otro producto del mercado. Pero, si eso fuera cierto, se reproducirían en nuestro sistema educativo las agudas desigualdades que suele generar el mercado como, en efecto, está sucediendo en los distritos escolares donde más han avanzado tales ideas. En esas jurisdicciones, la segregación racial ha aumentado en las escuelas públicas, solo se han cerrado colegios en barrios pobres y los vales escolares no han bastado para costear los gastos de familias humildes que tienen que enviar a sus hijos a centros situados lejos de sus vecindarios.
Las mejoras que necesita la enseñanza pública no provendrán de ideólogos fanatizados ni de los millonarios que los subvencionan, muchos de los cuales solo buscan privatizarla para hacer más plata. Provendrán más bien del esfuerzo conjunto de padres, alumnos y maestros que entienden por experiencia propia los verdaderos retos de nuestras escuelas. Esas coaliciones espontáneas ya han emprendido campañas constructivas. En Arizona, derrotaron una propuesta burocrática para aumentar el impuesto sobre las ventas para “mejorar las escuelas”, pero a la vez aprobaron un programa estable para subvencionar la educación pública. Aquí en la Florida, derrotaron la Enmienda 8, la cual habría revocado la prohibición constitucional de otorgar fondos públicos a escuelas religiosas, lo cual habría desangrado a las públicas mediante un gigantesco programa de vales.
La reelección del presidente Obama frenará la ofensiva conservadora para socavar la enseñanza pública. Pero solo un poco. Con su “Race to the Top”, Obama y su secretario de Educación, Arne Duncan, han favorecido la agenda conservadora de escuelas de alquiler, vales escolares y vía libre a fundaciones privadas, encabezadas por millonarios, para influir sobre la educación. Solo que lo han hecho con menos celo que su antecesor George W. Bush. Otro indicio de que únicamente una sostenida movilización popular, de abajo hacia arriba, fortalecerá a largo plazo nuestra enseñanza pública, frustrando a quienes pretenden arruinarla, eligiendo políticos que se comprometan a mejorarla y luchando por recursos razonables para fortalecer las escuelas y mantener en ellas a los mejores profesionales.
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