VICENTE ECHERRI: Tiempo de Navidad

 

Todo el mundo, o casi todo el mundo, siente el apremio de comprar

Conforme al calendario litúrgico, la Navidad no llega todavía. Estamos en la estación de Adviento, que es penitencial, como la Cuaresma, en que la Iglesia, desde antiguo, prescribe recogimiento y ayuno a la espera de la gran celebración. La Navidad comienza a la medianoche del 24 y se extiende hasta el 6 de enero.

No conozco a nadie, sin embargo, que cumpla estrictamente con estas prescripciones. En el tema de la Navidad los tenderos le ganaron la partida a la Iglesia. Las tiendas se engalanan cada vez más temprano (antes incluso del Día de Acción de Gracias) y desde entonces empiezan a verse árboles adornados y luces de colores en casi todas partes, y la música de villancicos es omnipresente. A veces la decoración descuella por su buen gusto y otras, las más, es cursi y hasta patética.

En Estados Unidos, la Navidad es, en verdad, la gran feria del año. Los comerciantes hacen su agosto en diciembre y todo el mundo, o casi todo, siente el apremio de comprar; se trata, en muchos casos, de una compulsión social: nuestros familiares y amigos esperan sus presentes que han de corresponder con los que ellos se preparan a obsequiar. Para gran parte de la población –incluso para algunos que declaran una filiación cristiana– la fiesta se reduce a un inmenso intercambio de regalos –con algunas comidas o cócteles– que pueden afectar sensiblemente los ahorros de muchos meses.

No obstante, el legendario relato de la encarnación divina, del rey del universo que nace en un establo para redimir a los seres humanos y sentar una pauta moral, subyace debajo del vocerío mundano de esta fiesta y perturba la conciencia de muchos, sobre todo de los ricos. Esto lo saben muy bien las organizaciones caritativas –que llevan a cabo sus grandes campañas durante esta temporada– y los mendigos.

Nunca podré olvidar un 23 de diciembre, particularmente frío, en que coincidí en Bloomingdale’s de Nueva York con un montón de damas ricas que hacían sus compras navideñas de última hora. Era un verdadero desfile de abrigos de nutria, de zorro, de visón y hasta algún que otro armiño, que se movía acompañado en muchos casos de criados y choferes que cargaban montones de paquetes. A la puerta trasera de la tienda, donde esperaban las limusinas, un mendigo en shorts, al que claramente le faltaba una pierna, saltaba descalzo con su único pie sobre la acera helada, al tiempo que decía una y otra vez: “me muero de frío, me muero de frío” y tendía un vasito de plástico para recibir sus limosnas. Éstas eran cuantiosas. Atrapadas entre el Evangelio y su derroche, las clientas de Bloomingdale’s acallaban su conciencia con billetes de 20, 50 y hasta 100 dólares en el vasito del mendigo. Un señor distinguido, a punto de montarse en su auto, se quitó el abrigo de cachemira y lo echó sobre los hombros de aquel grotesco saltimbanqui.

Detrás de ese gesto, de esas dádivas, está el peso de veinte siglos de prédica cristiana que conforman –no obstante nuestro cinismo y nuestra incredulidad práctica– el tuétano moral de Occidente. La inconformidad con las grandes desigualdades, presentes en toda sociedad, y la pasión por atenuarlas o suprimirlas es la contribución del judeocristianismo a la cultura grecorromana. Se infiltró en ella como un virus del que nunca más ha podido librarse, a pesar de la conducta, tantas veces inconsecuente, de la Iglesia institucional.

Más allá de la urgencia de compras, que abarrota las tiendas en estos días, de los adornos cursis y de la música machacona. Más allá incluso de las solemnes liturgias y los magníficos conciertos y las acogedoras reuniones de familia, la Navidad ejerce su imperio entre nosotros por su innegable mensaje de humana solidaridad del que no podemos prescindir. Inescapablemente en nuestra tradición occidental, el mito del amor encarnado de Dios aún nos condena y nos redime.

© Echerri 2012

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