Cuando el grupo de música urbana puertorriqueño Calle 13 se presentó en concierto a la orilla del Malecón habanero, en una plaza de espanto arquitectónico que el propio pueblo ha llamado “protestódromo”, muchachas cubanas subieron al escenario y bailaron como si estuvieran fornicando con los galardonados intérpretes.
Unos años antes y muy cerca de aquel mismo lugar, en la conocida Piragua, a un costado del Hotel Nacional, la orquesta de timba La Charanga Habanera había sido sancionada por el distintivo movimiento pélvico de sus numerosos solistas frente a un grupo de turistas.
Claro que nadie se atrevió a llamarle la atención al dúo antimperialista y nacionalista Calle 13. Muy por el contrario, uno de ellos hasta terminó casado con la cantante cubana Diana Fuentes.
Los tiempos han cambiado, sin embargo, y hoy por hoy, los chicos de La Charanga siguen moviendo la cintura pero en la televisión de Miami.
Recientemente, Pedro de la Hoz, el más comprometido de los periodistas culturales con los designios del régimen, montó una entrevista en el diario Granma con el presidente del Instituto de la Música, que debe haber sido planeada en alguna dependencia del departamento ideológico del Partido Comunista, para sosegar las ínfulas de los reggaetoneros desbocados no solamente en sus textos sexistas y rudos, sino en la ostentación de una forma de vida que contradice la llamada austeridad socialista.
En el documental De dónde son los cantantes (2009), de la directora Janis Reyes, Baby Lores se queja de que el género no haya tenido cabida en una sede tan grande de La Habana como el teatro Carlos Marx, donde han sido prohibidos. En la misma entrevista, advierte con cierta convicción, que el reggaetón no es como el hip hop a la hora de criticar la realidad circundante, pero que dada la cantidad enorme de seguidores con que cuenta, sería preocupante para el gobierno que ellos empezaran a reprochar en sus textos todo lo malo que ven a su alrededor.
Curiosamente en su diatriba contra la vulgaridad y la mediocridad, el presidente del Instituto de la Música y su interlocutor nunca se preguntan o especulan sobre el por qué de la entronización de una modalidad musical foránea, de limitado vuelo artístico, en el imaginario popular de un país que ha sentado cátedra internacional en su creatividad rítmica.
En el pasado cercano, los patrones foráneos prohibidos fueron en inglés. Ahora son en español barriotero, propio de un contexto social precario, donde la mayoría del pueblo tiene un ansia de consumo casi enfermiza ante la escasez reinante por más de medio siglo.
Insistir en el elevado nivel de instrucción del cubano, como respuesta a la crisis, y escamotear el contexto azaroso, manifiesta una actitud arrogante y alejada de la realidad por parte del mencionado burócrata que concuerda con la indiferencia del gobierno para solucionar otros apremios de la sociedad.
El reggaetón sobrevivirá, sin embargo, la presente andanada puritana por dos razones principales. En primera porque sus grabaciones circulan de modo alternativo en un país sin mercado oficial para esos menesteres y en segunda, por lo rentable que resulta para la industria del turismo contratar a uno, dos o tres cantantes y un DJ, que son los componentes del reggaetón, en vez de una orquesta, para amenizar sitios nocturnos donde la entrada puede sobrepasar los $100 o CUC, la moneda convertible cubana.
Funcionarios y policías culturales debieran saber, a esta altura del partido, que la nueva política cultural de la revolución bien pudiera ser formulada del modo siguiente: “Dentro del reggaetón todo, contra el reggaetón nada”.



























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