De repente, Hollywood tiene una nueva obsesión en Alfred Hitchcock. The Girl (HBO) lo presenta como un sádico abusador de Tippi Hedren. Y la que lleva por título su apellido es más respetuosa semicomedia, con el director Sacha Gervasi rindiéndole envidioso homenaje de la inteligencia al genio.
Hitchcock es inteligente y entretenida, pero sin pizca de inspiración. El guión de John J. McLaughlin se concentra en la creación de Psycho, basada en mediocre novela de horror de Robert Bloch con referencia al asesino en serie Ed Gein. Paramount tuvo miedo de enfrentar problemas con los censores y Hitchcock hipotecó la casa para producir con su propio dinero un filme de reducidos $800,000 que resultó su mayor éxito comercial.
Stephen Rebello publicó The Making of Psycho, acerca de las peripecias financieras que enfrentó la película, y de paso examinó la intimidad de los 39 años de matrimonio del director y Alma Reville, convertidos en una especie de desapasionada sociedad en comandita.
Ella era la mano derecha de Hitch, por no decir el lóbulo izquierdo de su cerebro. Alma (con nombre muy bien puesto) aconsejaba la selección de libretos, los editaba en vísperas de filmación y les daba ritmo formal en el salón de montaje como estricta compaginadora en Moviola, sin reconocimiento oficial en los créditos.
Por aquel entonces, Mrs. Hitchcock aspiraba a más. Tenía entre manos un libreto inédito de Whitfield Cook, excolaborador de Hitch en Stage Fright y Strangers on a Train, sugiriéndole vitales cambios. El marido celoso sospechaba que a esta especie de adulterio intelectual se añadían citas pecaminosas en una casa de playa.
Nada de eso, pero el guión de McLaughlin y el filme de Gervasi se aprovecharon de la coincidencia para agregarle pimienta al potaje de su Hitchcock. La nueva película le roba energía a la vieja Psycho, con Scarlett Johansson sustituyendo a Janet Leigh y Jessica Biel a Vera Miles. Helen Mirren le da frígido estilo a la elegante Reville, pero el proyecto le pertenece a Anthony Hopkins, bajo toneladas de maquillaje. El aspecto físico es solo un elemento de esta sutil personificación. Hay mucho más y quien lo dude debe recordar la escena en el vestíbulo de la premiere de Psycho, con Hopkins moviendo las manos como si fuera orquestando los alaridos del público en la sangrienta escena de la ducha.
Es el único momento genial. Hitchcock es efectivo producto parasitario de Psycho, chillando con los espeluznantes violines de la partitura de Bernard Herrmann, para justificar la influencia de Alma, que insistió en meter música en la escena. Al final. Alfred y Alma salen del estreno mundial, unidos en el triunfo. A su macabra manera, esta película es una historia de amor al revés. •




























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