Dos aspirantes a supermafiosos (Scoot McNairy y Ben Mendelsohn) se creen capaces de robarse el botín de un juego de póquer con poderosos hampones. Markel (Ray Liotta) organizó la partida que acabó en masacre y el apaciguador de criminales (Richard Jenkings) le encomienda al matarife Jackie Cogan (Brad Pitt) ajustar cuentas para impedir otros líos en las altas esferas del bajo mundo.
Esta es la esencia pútrida de Cogan’s Trade, publicada por George V. Higgins en 1974. Desde entonces la novela rueda de mano en mano esperando un productor dispuesto a meterse en este pozo de violencia. Apareció Brad Pitt, tentado por el rol de Cogan, ícono pandillero de esos que ganan Oscar. Mejor suerte en la próxima, Brad, porque Killing Them Softly peca de sentenciosa lentitud entre balaceras.
El guionista/director es Andrew Dominik, el de The Assasination of Jesse James by the Coward Robert Ford, excelente filme muy vistoso y muy poco visto. Pitt salió de aquel prestigioso fracaso con admiración y lealtad hacia el sensitivo Dominik, ahora caído bajo el influjo de la prosa del novelista Higgins, maestro de diálogos vernáculos. En conspiración de pretensiones, se afanan por poner en boca de agradecidos actores frases hechas de mucho lucimiento para Pitt, Jenkins y James Gandolfini, en suculento papel secundario. Bievenidos al maratón de elocución.
Predominan pistolas y escopetas, acompañadas de voces radiales de Bush, Paulson y Obama, en plano de contraste político y polémico con la brutalidad rampante. El discurso inaugural de Obama en 2008 provoca cínico comentario de Cogan/Pitt al decir: “América no es un país. Es un negocio. Así que denme ese dinero que me deben”. El astro se reservó la última palabra como piedra lapidaria. Para quien pago en taquilla, ya es muy tarde para arrepentirse. •




























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