En 1999, Victor Pelevin publicó en Rusia una sátira del poderío soviético en los años 1990 con punzante ataque a la corrupción bajo Boris Yeltsin. El bestseller se adaptó a la pantalla por Víctor Ginzburg, por mucho tiempo residente del país y familiarizado con los temas en
discusión.
El desilusionado poeta Babylen Tatarsky (Vladimir Epifantsev) vive como dependiente de un kiosco hasta que lo convencen de emplear su dominio del vocabulario para colocarse de redactor de anuncios en una agencia de publicidad. En esa profesión novedosa en la Unión Soviética, Babylen copia con leves alteraciones idiomáticas los slogans de Coca-Cola y Pepsi. El filme sugiere como el fracasado literato vende su alma con tal de vender mercancía de dudosa calidad.
Generation P se extiende a dos horas y media. La primera parte destila malévola avaricia y le saca filo humorístico al atractivo protagonista Epifantsev, pero luego el personaje cae en adicción a drogas sicodélicas y experimenta alucinaciones en el Templo de la Diosa Ishtar. El filme, que nunca fue particularmente comprensible, deriva hacia lo intransitable para quienes no conozcan el idioma y deban confiarse de los exiguos y jeroglíficos subtítulos. •



























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