Telenovelas, del español al mandarín

 

¿Cuál es el secreto de las telenovelas que llegan a tantos millones en tantos países?

Especial/El Nuevo Herald

A pesar de su mala fama (argumentos inverosímiles, personajes unidimensionales y una actuación muy lejos de ser perfecta), las telenovelas siguen siendo el producto más rentable de la industria televisiva latinoamericana.

Y es que no sólo se ven en nuestros países y en Estados Unidos, sino también en Bulgaria, Rumania, Alemania, Israel, Grecia, Italia, Rusia, Hungría, Polonia, Japón y, más recientemente, en China, donde pronto Eva, Leonardo, Daniel, Victoria y Marcela, los personajes de la exitosa Eva Luna, estarán hablando en mandarín, según estipula el acuerdo que acaban de alcanzar Venevisión International y CCTV, la principal cadena de televisión de la República Popular China.

Otras compañías, como Televisa, TV Azteca, Telemundo, RCN, Rede Globo y Telefe también han firmado acuerdos semejantes. Unas lo hicieron primero; las demás un poco después. Pero todas, sin excepción, han estado compitiendo ferozmente por controlar un mercado que genera millones de dólares anualmente. La transnacionalización de las telenovelas latinoamericanas no es nada nuevo, comenzó hace ya muchos años y ha seguido expandiéndose por el mundo. Ni la aparición de nuevos soportes mediáticos ha podido frenar su crecimiento. Al contrario, lo que la Internet y el resto de los dispositivos tecnológicos han hecho es abrir otras ventanas para su comercialización en formatos diferentes. Si hace 10 años algunas mezquitas en Costa de Marfil adelantaron sus horarios de oración para que los televidentes no se perdieran el último capítulo de Marimar, qué no harían ahora que las telenovelas –desde Cuna de lobos, con su odiada y emparchada villana, hasta Corazón salvaje, con su romántico pirata– pueden verse en YouTube sin siquiera estar en la casa, pues también es posible verlas en los teléfonos móviles.

Sin embargo, todavía algunos estudiosos (esos que, tratando de explicar el fenómeno, han acuñado las expresiones “espacios audiovisuales latinoamericanos” y “proximidad cultural”) se preguntan cómo las telenovelas han podido ser tan exitosas en países con culturas diferentes. Otros se plantean la pregunta, no en términos de transculturación, sino de calidad artística, al señalar que las tramas de las telenovelas están repletas de escenas excesivamente melodramáticas, que sus personajes son estereotipados y que los actores, por falta de preparación profesional, no logran transmitir las emociones del personaje y lo que hacen es convertir los diálogos en una competencia de gritos.

Entonces, cómo se explica que si las diferencias culturales entre México y Eslovenia, entre Colombia y Turquía, entre Venezuela y Serbia, o entre Brasil y Angola, son tan grandes, la telenovela Kassandra, escrita por Delia Fiallo, haya sido vista en 128 países. Y también, cómo se explica que si los interminables libretos de las telenovelas están tan mal escritos, en Rusia Los ricos también lloran pudo ser vista por más de 100 millones de personas, y en China La esclava Isaura, por más de 450 millones. O cómo se explica que si sus actores son tan malos, Thalía haya sido invitada por el presidente de Filipinas, Fidel V. Ramos, y recibida como si fuera una Jefa de Estado; al igual que lo fueron Verónica Castro y Victoria Ruffo cuando visitaron Moscú en 1991 y 1994, respectivamente.

Es posible que la respuesta haya que buscarla en el carácter universal de las historias narradas. No importa que estas estén escritas –y actuadas– con mayor o menor grado (por ejemplo, las brasileñas siempre tienen un contexto histórico fuerte, sus diálogos son tremendamente literarios y están producidas con más recursos) de excelencia artística. También habría que buscarla en la fórmula utilizada, que es la misma desde que, en 1948, Félix B. Caignet mantuvo sin hablar a don Rafael del Junco en la serie radial El derecho de nacer: una pareja joven lucha por su amor enfrentando todos los obstáculos; una hija abandonada (heredera de una inmensa fortuna) busca a sus padres; una joven inválida es operada con éxito por un apuesto médico que se enamora de ella. Y por ahí sigue la cosa. Hasta que en el capítulo final, después de enfrentar villanos de todo tipo (suegras manipuladoras, empresarios sin escrúpulos, funcionarios corruptos, etc.) y sortear innumerables intrigas, engaños y abusos físicos, los protagonistas principales vuelven a caminar, recuperan la vista y heredan la fortuna que les pertenecía… And they live happily ever after.

Cenicientas reinventadas. Mansiones en las Lomas de Chapultepec en lugar de en castillos medievales. Limosinas de lujo en vez de calabazas transformadas en carrozas. Es decir, cuentos de hadas convertidos en realidad. Ahí está el triunfo de las telenovelas. ¿Quién no quiere alcanzar la felicidad? • 

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