Es posible que la respuesta haya que buscarla en el carácter universal de las historias narradas. No importa que estas estén escritas y actuadas con mayor o menor grado (por ejemplo, las brasileñas siempre tienen un contexto histórico fuerte, sus diálogos son tremendamente literarios y están producidas con más recursos) de excelencia artística. También habría que buscarla en la fórmula utilizada, que es la misma desde que, en 1948, Félix B. Caignet mantuvo sin hablar a don Rafael del Junco en la serie radial El derecho de nacer: una pareja joven lucha por su amor enfrentando todos los obstáculos; una hija abandonada (heredera de una inmensa fortuna) busca a sus padres; una joven inválida es operada con éxito por un apuesto médico que se enamora de ella. Y por ahí sigue la cosa. Hasta que en el capítulo final, después de enfrentar villanos de todo tipo (suegras manipuladoras, empresarios sin escrúpulos, funcionarios corruptos, etc.) y sortear innumerables intrigas, engaños y abusos físicos, los protagonistas principales vuelven a caminar, recuperan la vista y heredan la fortuna que les pertenecía And they live happily ever after.
Cenicientas reinventadas. Mansiones en las Lomas de Chapultepec en lugar de en castillos medievales. Limosinas de lujo en vez de calabazas transformadas en carrozas. Es decir, cuentos de hadas convertidos en realidad. Ahí está el triunfo de las telenovelas. ¿Quién no quiere alcanzar la felicidad? •
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