Fueron las 72 horas más cargadas que me haya tocado vivir. Horas marcadas por conexiones misteriosas entre hechos aparentemente distantes e inconexos. Ha sido una aventura del espíritu en la que nunca me sentí como si lo que ocurría le estuviera pasando a otra persona como suele ser en esos casos en que la realidad y lo no real se mezclan. El ataúd de Eloy Gutiérrez-Menoyo era de la madera más simple, austeridad que él hubiera celebrado de no ser por la crasa capa de vinilo pintada de negro de su estructura. De cualquier forma, en lo que pensaba cómo podría ser hoy el final de cualquier cubano, sorprendía aquel ataúd que le daba un sentido perfecto a su vida.
La funeraria de Calzada y K (no sé qué nombre tuvo antes del 59; creo fue Rivero como la de Miami, ciudad en la que me tocó nacer) fue visitada por muchos de sus amigos. Por llegar en la madrugada, pude abrazar a tantos de ellos que habían realizado la proeza de trasladarse allí desde remotos lugares de la isla. Trasladarse en Cuba es eso: una proeza. Se me confirmaría a la mañana siguiente cuándo saldríamos rumbo a Guanabacoa donde está uno de los tres crematorios que existen en todo el país (el del Cementerio Colón ya no funciona).
El viaje a Guanabacoa fue también una aventura que me recordó la tragicomedia del cine cubano Guantanamera y la anterior, Muerte de un burócrata. Incinerar a Menoyo fue fácil. Su cuerpo pesaba poco y así me lo hizo saber uno de los empleados a la vez que me invitaba a escoger de entre las urnas que me incluirían en el precio del funeral. “¡Pero si todas son iguales!”, le dije. A lo que me respondió: “¡SÍ!, por eso le digo que escoja la que usted quiera”. Papá hubiera disfrutado el humor negro, aun a su costa. Me detuve unos segundos; bastaron para descubrir que todas no eran iguales. Opté por la de mayor cantidad de betas verdes; color símbolo de esperanza que a su vez es el de la espiga de la flor nacional, la Mariposa, que engalana la letra “M” del logo de Cambio Cubano.
Fuera del crematorio, una estructura de cemento carente de identidad, vi cuando la chimenea exhalaba el humo de sus cenizas hacia el cielo de Guanabacoa, capital de la santería cubana. A la derecha, una cruz en la fachada del edificio. ¡Sincretismo total! Hice una foto con mi teléfono.
El Cardenal Jaime Ortega Alamino, fue de los tantos de enterarse tarde de la muerte de mi padre. Lo supo cuando lo llamé para coordinar la misa de difunto de quien había sido su amigo y me dijo que en la Iglesia del Cementerio Colón, al siguiente día nos recibiría el Padre Miguel Pons Velázquez. Él no podía asistir ya que tenía pautadas las misas en celebración de San Judas Tadeo, patrón de los casos difíciles y desesperados. Al día siguiente, muy de mañanita y a pesar de que el carro se “desclochó” a mitad de camino, estábamos en la Iglesia del Cementerio Colón. Allí todos nos abrazábamos.
La aparición en la Iglesia de la familia Payá y de Yoani Sánchez me conmovió de veras. Con Yoani la sensación fue también algo que se proyectaba dentro de los campos de la energía y que nos hace sentir como si aquella persona con la que nos abrazamos ha estado en nuestras vidas desde siempre o ha sido, al menos, un viejo camarada. La mañana cerraría con la luz de un sol cubano esplendoroso y con las palabras de Padre Pons quien, por otra inexplicable coincidencia, provenía de la zona del Escambray donde mi padre había dirigido el II Frente en la lucha contra Batista. Parte de las cenizas de Menoyo fueron depositadas en el Panteón de nuestra familia donde dije unas palabras. Aunque es un secreto a voces, todavía a esta hora la radio oficial no había emitido ninguna noticia sobre la muerte del viejo comandante de la Revolución. Periodistas extranjeros daban fe de la noticia para el exterior. Afuera del Camposanto, La Habana estaba llena de símbolos celebrando el día del legendario Camilo Cienfuegos. Camilo había sido un buen amigo de mi padre.






























Mi Yahoo