BASE NAVAL -- Durante más de medio siglo, Luis La Rosa y Harry Henry han salido de sus casas antes del amanecer en la ciudad de Guantánamo, donde viejos automóviles pasan frente a enormes cartelones con la imagen de los hermanos Castro. Después de abordar sus taxis, llegaban a la base estadounidense de la Bahía de Guantánamo, donde los soldados compran en tiendas por departamentos y comen en McDonalds.
El viaje al trabajo les lleva menos de una hora pero abarca dos mundos y una frontera fuertemente custodiada.
Ahora esa rutina llega a su fin. La Rosa, un soldador de 79 años y Henry, oficinista de 82, se retiran a fin de mes y el viernes les ofrecieron un homenaje en la base.
Los amigos íntimos, que son verdaderas celebridades, son los últimos de los que alguna vez fueron cientos de cubanos que llegaban todos los días para trabajar en la aislada instalación militar estadounidense.
Para ellos es una sensación agridulce el desvincularse de uno de los últimos lazos reales entre Cuba y la base americana que ha representado una presencia discordante en la isla durante generaciones.
Me siento un poco triste porque me retiro, pero me voy a mi país, afirmó La Rosa.
Una treintena de cubanos vive en el puesto, y el comandante de la base se reúne todos los meses con su contraparte cubano para discutir cuestiones logísticas y administrativas. Pero la base y Cuba no tienen casi nada que ver entre sí, y esa situación se pone de manifiesto todavía más con el retiro de los dos longevos trabajadores.
Es un verdadero vínculo simbólico que desaparece, comentó Jonathan Hansen, autor del libro Guantánamo: una historia estadounidense.
En 2002, EEUU empezó a usar la base para encerrar en ella a prisioneros sospechosos de pertenecer a al-Qaida y el Talibán. Ahora quedan 166 prisioneros de los 680 en junio del 2003.
La mayoría de los cubanos quieren que cierre la base, aunque también sirve como una hermosa herramienta de propaganda conveniente para Castro, opinó Hansen, disertante en la Universidad de Harvard, que prepara una biografía sobre el líder cubano.
Los dos trabajadores que están por poner fin a su vinculación con la base no parecen interesados en cuestiones polémicas. No nos metemos en política, aseguró Henry. Cumplimos con las leyes de aquí y de allí.
Afirman además que nunca les pidieron que espiaran para uno u otro bando, aunque los dos han sido un importante canal de comunicación para las familias de los exiliados que huyeron de Cuba y fueron autorizados a asentarse en la base.
La Rosa, de risa fácil, dijo que la gente a uno y otro lado de la cerca los ha tratado bien. Nos hacen bromas y aquí nos dicen que somos comunistas, comentó risueño. Y cuando regresamos, nos llaman imperialistas.
A lo largo de los años ha habido una declinación paulatina del número de cubanos que trabajan en la base.
A medida que los trabajadores envejecían y se retiraban, su número se redujo de centenares a una cincuentena para 1985, según un boletín informativo de la base, la Guantanamo Bay Gazette. En junio del 2005 quedaban Henry, La Rosa y otros dos, todos con salarios de unos 12 dólares la hora, un ingreso astronómico para los estándares cubanos .
Actualmente, la mayor parte de los trabajos que solían hacer los cubanos están a cargo de trabajadores de Jamaica y Filipinas.
Los dos cubanos se trepan a una camioneta azul que circula por las calles de la instalación militar que parece un suburbio típico estadounidense con campos de juego, una escuela, una tienda por departamentos con supermercado, un cine y restaurantes de comida al paso. La base aloja a unos 6,000 militares, civiles y contratistas.
A veces uno siente que está viviendo en dos mundos, comentó Henry, cuyos antepasados llegaron a Cuba desde Jamaica. Ha trabajado en la base 62 años. Hay dos sistemas comoquiera que uno lo mire. Pero estamos acostumbrados.
Ambos dicen que esperan descansar después de décadas.






























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